Gobernar no es fácil. Se requiere de un estilo personal, pero además de las complacencias de todos los sectores, el político, el empresarial, el eclesiástico, el mediático, el de la izquierda, de la derecha, del centro, del centro derecha, de la izquierda moderada… en fin, de todos. Y eso, la verdad, es verdaderamente imposible.

Entonces… ¿cómo gobernar? La verdad sea dicha no lo sé, pero lo que sí sé es cómo me gustaría que me gobernaran.

Por lo pronto, sin mentiras ni acuerdos a medias y en lo oscurito. Puedo no estar de acuerdo en todo lo que decida el ejecutivo, pero sí creo en el derecho de saber cómo y por qué. Que pueda decir abiertamente lo que creo, sin censura oficial y menos la mediática y recibir una respuesta directa y cercana de quien me gobierna. Eso de preguntar y que no te contesten, no es de Dios, como diría mi madre.

Quiero que me gobiernen sin excesos en los gastos, pero con los suficientes y necesarios como para que las escuelas, los caminos, los servicios y los demás derechos a los que tenemos los que pagamos impuestos, sean eficientes y eficaces. No me molesta que los funcionarios públicos o los representantes populares ganen bien, pero nomás que trabajen, resuelvan los problemas que les tocan y no roben.

Quiero que se encarcele a todos los que cometen los mismos delitos, sin distingo de clase social y que se les permita defenderse también sin distingos. Que los que manejan la justicia sean justos y los que aplican la ley sean duros con los malos y no con los buenos.

Pero sobre todo, que quien me gobierne, sea un ejemplo para todos. Que su vida laboral, profesional y pública sea tan ejemplar que nos incite a ser como él o ella y me permita confiar en que, con aciertos o errores, me gobierna una buena persona.

¿Es mucho pedir?

Por lo pronto ahí está mi petición personal.

Cómo ve, Señor Presidente, ¿por ahí va o buscamos a otro?