No requiere ni explicación: cuando se multiplican los actos violentos en las calles se evidencia el rostro de la ingobernabilidad. Cada altercado certifica la falta de cooperación, de diálogo o de búsqueda de objetivos comunes. Y es un reto no sólo para el gobierno, sino para toda la sociedad.

A diferencia de lo que piensan los obstinados en lenguajes bélicos, la gobernabilidad no sólo implica fuerza y orden; aún más, la historia deja en claro que mientras más radicales son las políticas de control más sedición encontrará caminos entre las grietas que la presión que el Estado ejerza.

Gobernabilidad es, ante todo, cooperación interactiva, coordinación de las dinámicas y las voces sociales. Por ello no importan tanto las teorías sobre quién perturba a quién, o quién está en lo correcto y quién no (una fascinación del propagandismo o la militancia informativa) sino que, cualesquiera que sean las perturbaciones y los actores, existen estratagemas de conflicto que alejan las oportunidades de colaboración y bien común.

En los últimos días, en varias partes del mundo, las manifestaciones y los disturbios reclamaron un espacio en la conversación pública. Habrá quienes las justifiquen y otros que las reprueben; habrá quienes consientan a las autoridades intervenir con más fuerza de la necesaria o, por el contrario, quienes les cuestionen todo calificándolos de excesivos. También cundirán las voces que intenten explicar mediante conspiraciones o agudas observaciones los orígenes de los conflictos. Como sea, todo sirve para entender, para ubicar, pero no para resolver.

La política, se dice, es un medio para evitar que las resoluciones a los conflictos se ejecuten desde la intimidación o la fuerza; sin embargo, la tentación de usar la fuerza siempre estará al inicio de las opciones de aquellos cuyas debilidades mentales están ubicadas en los extremos: ya sea petulancia o desesperación.

En el Espejo político y moral para príncipes y ministros, Bidpai sentencia: “Si las palabras de los apasionados oyeres, al fin te arrepentirás y dolerás. Mas, si por caso la palabra apasionada y seductora fuese oída y la mala obra cometida se debe remediar de esta suerte: Que el sedicioso quede castigado y sirva de ejemplo y escarmiento a los otros y que cada uno por aquel miedo se guarde y se abstenga de cometer alguna maldad”.

Sé que los aficionados a las ejecuciones se enfocarán en la segunda parte de la enseñanza; pero hay que poner firme la mirada en el inicio: “Si las palabras de los apasionados oyeres”. Bidpai no es ingenuo, no le recomienda al rey sólo ejercer el poder sino practicar la templanza, la paciencia y el buen juicio. Para evitar el camino que llega al castigo y al escarmiento, es imprescindible comprender lo que encierra la advertencia: “Al fin(al) te arrepentirás y dolerás” si se hace caso a los apasionados.

Como parábola, la enseñanza no sólo funciona en regímenes monárquicos o autoritarios; la democracia gira la posición del poder y el mismo consejo aplica al pueblo en cuyas manos, en principio, está el destino del administrador del gobierno, incluso en la parte del castigo ejemplar.

Gobernar es un acto que mira y convierte la realidad, transforma el entorno; pero la gobernabilidad es mucho más compleja, involucra atender las tensiones naturales de la pluralidad, escuchar las armas de los débiles, comprender los contextos y las situaciones, e integrar las voces en una ruta que moderadamente responda al bien común. Sólo un riesgo la amenaza: la precipitación de las decisiones.

Bidpai concluye la enseñanza con el ejemplo de un rey que tomó una decisión irreflexiva avivada por sus apasionados consejeros: “Después se arrepintió de la arrebatada prisa y presteza que había usado; y mordiendo el dedo del arrepentimiento con el diente del dolor, hirvió la olla del celo en el horno de su pecho con el fuego del ansia y el espanto”. Y, resulta claro, nadie quiere una gobernabilidad soportada en la intranquilidad y el miedo.

*Director VCNoticias

@monroyfelipe