Pero se contradice con sus especialistas, quienes alertan sobre un panorama económico complicado a mediano y largo plazos
Les deseo una semana muy productiva, amig@s de Quadratín!
Como la campaña del candidato presidencial del PRI, José Antonio Meade -el de los gasolinazos-, no prende, el Fondo Monetario Internacional (FMI) tuvo que salir al quite y emitir loas en favor del gobierno mexicano.
Primero, en su Informe sobre las Perspectivas de la Economía Mundial, el FMI elevó sus previsiones para el crecimiento económico de México, que se beneficiaría de una mayor demanda de Estados Unidos.
Como consecuencia, la proyección de la expansión de la economía de este año fue elevada en 0.4 puntos porcentuales, a 2.3 por ciento, y la de 2019 en 0.7 puntos, a 3.0 por ciento.
Al día siguiente, Alejandro Werner, ex funcionario priísta-foxista, perteneciente al mismo grupo del ITAM que domina la Secretaría de Hacienda desde hace más de veinte años, salió al paso para defender el modelo económico que, a pesar de las reformas estructurales, sigue sin cuajar.
En efecto, el Dr. Werner, director del Departamento del Hemisferio Occidental del FMI, en un muy “oportuno” artículo denominado “América Latina y el Caribe en 2018, Recuperación en Ciernes”, publicado en el blog del propio Fondo, asegura: “se prevé que las perspectivas de México se beneficiarán del aumento del crecimiento en Estados Unidos, si bien la incertidumbre que rodea el desenlace de las negociaciones sobre el TLCAN y las elecciones presidenciales de julio obstaculizarán el crecimiento a corto plazo”.
Lo que nos quiere decir el Dr. Werner, en pocas palabras, es que no debemos preocuparnos, pues si bien las negociaciones del TLCAN y las elecciones federales afectarán el crecimiento, esto sólo ocurrirá en lo inmediato.
En contraste, algunos especialistas también del FMI no son tan optimistas; en la misma página del Fondo, Maurice Obstfeld publica un artículo titulado “El buen momento que está atravesando la economía no es la nueva normalidad”.
Allí nos advierte: “… los dirigentes políticos y las autoridades nacionales deben ser conscientes de que este ímpetu económico es fruto de una confluencia de factores con pocas probabilidades de durar mucho”.
El autor señala que hasta el momento las principales fuentes de aceleración del PIB son Europa y Asia, con una mejora del desempeño de Estados Unidos, Canadá y algunos mercados emergentes grandes como Brasil y Rusia —que sufrieron una contracción en 2016— y Turquía.
Sin embargo, el especialista advierte que, aun siendo positiva, la reactivación que estamos observando tiene pocas probabilidades de convertirse en una “nueva normalidad” y enfrenta peligros a mediano plazo que probablemente se agraven con el correr del tiempo.
Al efecto, señala que existen varias razones para dudar de la perdurabilidad de la vorágine actual:
- Las economías avanzadas se encuentran a la cabeza del repunte, pero una vez que se cierren las brechas de su producto regresarán a tasas de crecimiento a más largo plazo que, según nuestros pronósticos, estarán muy por debajo de las tasas registradas antes de la crisis. Si bien proyectamos que este grupo crecerá 2.3% en 2018, el crecimiento potencial a más largo plazo sería apenas dos tercios de esa cifra.
- Las dos economías nacionales más grandes que están alimentando el crecimiento actual y el crecimiento futuro a corto plazo tendrían por delante un enfriamiento. China recortará el estímulo fiscal del último par de años y, según las intenciones que han dado a conocer las autoridades, frenará la expansión del crédito para fortalecer un sistema financiero excesivamente extendido. Como consecuencia de esos planes, el necesario proceso de reequilibramiento que está viviendo el país implica un crecimiento más bajo en el futuro. En cuanto a Estados Unidos, el impacto que pueda tener en el producto un recorte de impuestos en una economía que se encuentra tan cerca del pleno empleo se verá compensado parcialmente por un crecimiento más débil, a medida que desaparezcan los incentivos de gasto temporarios (sobre todo en inversión) y que la creciente deuda federal haga sentir sus efectos negativos con el correr del tiempo.
Además, agrega como factor el hecho de que el electorado está desencantado con el establishment político, y duda de su capacidad para lograr un crecimiento ampliamente compartido frente al anémico avance de los salarios reales, la disminución de la participación del trabajo en el ingreso nacional y la creciente polarización laboral.
Los niveles de desigualdad son elevados en las economías de mercados emergentes y de bajo ingreso, y contienen las semillas de posibles trastornos a menos que el crecimiento sea más inclusivo, alerta.
Es evidente, entonces, que es momento de fortalecer las defensas contra la inestabilidad financiera e invertir en reformas estructurales, en infraestructura productiva y en la ciudadanía, pues la próxima recesión podría estar más cerca de lo que pensamos y los instrumentos para combatirla son cada vez más limitados, especialmente porque la deuda pública es mucho más elevada, como en nuestro país, donde la evolución de la deuda pública es muy grave.
En 2018, la deuda pública mexicana representará 47.3 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), sin incluir a Pemex y a la CFE.
Más grave aun cuando tenemos un modelo económico cimentado en los bajos salarios de los mexicanos.