En un país donde el derecho a la ciudad ha sido desplazado por el mercado, las palabras de la Presidenta Claudia Sheinbaum llegan como un giro necesario. Nuestra presidenta aborda con claridad uno de los fenómenos urbanos más dolorosos de los últimos tiempos: la gentrificación. Y lo hace desde una óptica social, no desde el urbanismo especulativo, sino desde la justicia social.

Ella no ha recurrido a tecnicismos, sino a principios: el acceso universal a la vivienda y a los servicios públicos, como columna vertebral de la política urbana. No es retórica. En el fondo, lo que se está planteando es una ruptura con el mercantilismo urbano, que reduce los espacios comunes a mercancías y que convierte a los habitantes en obstáculos del “progreso”.

Su rechazo a la discriminación en el acceso a la vivienda es más que un principio: es una denuncia de lo que ocurre cuando barrios enteros son rediseñados para turistas, nómadas digitales o inversionistas. Las comunidades originarias no sólo pierden su hogar; pierden su historia, sus redes, su pertenencia.

La línea es clara: impulsar la vivienda social y accesible como antídoto estructural contra la gentrificación. Es una medida urgente en un contexto donde los precios del suelo se disparan al ritmo del capital transnacional.

La Presidenta dejó entrever que la regulación urbana será clave. Ya no se trata solo de construir más, sino de construir mejor: con reglas claras, con participación ciudadana, y con una visión que no excluya al que gana menos, al que ha vivido toda la vida en su colonia, al que no aparece en los folletos del marketing inmobiliario. La gentrificarción no es solo un fenómeno económico; es una forma de violencia estructural. Y solo con un Estado presente, planificador y justiciero, podrá enfrentarse.


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