15 de noviembre: grito nacional contra la indolencia
México está gravemente herido, no solo por la violencia que lo desangra día a día, sino por una herida más profunda, más corrosiva: la del abandono. El asesinato de Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, no es una estadística más en la macabra contabilidad del sexenio pasado y lo que va de este; es el símbolo de un Estado fallido, un espejo roto que nos devuelve la imagen de nuestra propia indefensión. Su muerte, anunciada y deliberadamente ignorada por quienes debían protegerlo, representa la claudicación del gobierno ante el crimen y, peor aún, su indolencia frente al ciudadano que se atreve a desafiar el régimen. Hoy, esa herida sangra en la conciencia colectiva y nos convoca a una acción impostergable.
No podemos permitir que la costumbre nos vuelva insensibles ante la catástrofe. Los números, fríos y brutales, dibujan el contorno de un régimen definido por la ineptitud y la complicidad. Hablamos de más de 206 mil homicidios, una cifra que supera a muchas guerras, con un promedio de 94 asesinatos diarios que han convertido la vida en una lotería mortal. Hablamos de más de 800 mil muertes en exceso durante una pandemia gestionada con soberbia e improvisación, dejando a cientos de miles de familias mutiladas. Hablamos, con el nudo en la garganta, de más de 4 mil niños con cáncer que murieron no por su enfermedad, sino por el desabasto criminal de medicamentos, por una austeridad que se tradujo en sentencias de muerte. Y hablamos de una caída histórica al puesto 140 en percepción de corrupción, un deshonor que nos iguala con naciones devastadas por la cleptocracia. Esto no es una crisis cualquiera; es el resultado de una política de Estado fincada en la negligencia.
La tragedia de Carlos Manzo condensa toda la podredumbre del sistema actual. Un alcalde que, en un acto de valentía inusitada, enfrentó a los criminales. Un hombre que capturó a un jefe de plaza, que denunció amenazas, que viajó a la capital para suplicar ayuda a la Presidencia, que advirtió del “código rojo” sobre su ciudad y sobre su vida. ¿Y cuál fue la respuesta del régimen? El silencio, la burocracia y, finalmente, la traición: el retiro de más de 200 elementos federales que selló su destino. Su asesinato a quemarropa, en una plaza pública, rodeado de niños, es la metáfora perfecta de un gobierno que no solo no protege, sino que abandona a quienes cumplen con su deber. La indolencia oficial se convirtió en la cómplice silenciosa de los verdugos.
Frente a este panorama de desolación, emerge la fuerza más poderosa de una democracia: la ciudadanía consciente y movilizada. La marcha convocada para este 15 de noviembre no es un acto partidista, no responde a caudillos ni a intereses ocultos; es la manifestación pura del hartazgo, y ahora se suma el grito de la generación Z que se niega a heredar un país en ruinas. Como ha ocurrido en Nepal, en Argentina o en Bolivia, la historia demuestra que la movilización social es el único dique capaz de contener el autoritarismo y la incompetencia. Cuando las instituciones fallan, cuando los gobernantes se ensimisman en su poder, es en la calle donde se recupera la soberanía. Es en la plaza pública donde se comienza a edificar un nuevo pacto social, uno basado en la justicia, la transparencia y la rendición de cuentas.
Este 15 de noviembre no marchamos solo para protestar por un asesinato o para quejarnos de la inseguridad. Marchamos para refundar el concepto de ciudadanía. Marchamos para demostrar que nuestra indignación no es un desahogo pasajero, sino el motor de un compromiso activo y permanente. Marchamos para arrancar las páginas de la indiferencia y empezar a escribir un futuro donde la vida de un ciudadano o un alcalde valiente importen más que los cálculos políticos de un régimen indolente y complice.
Es la hora de actuar.
La calle nos espera.
¡Súmate!






