2 de marzo: El Estado que dio nombre a la Nación
El 2 de marzo no es una fecha menor en el calendario cívico nacional. Ese día, en 1824, nació formalmente el Estado de México (EMX), una de las entidades fundadoras del pacto federal y, acaso, la que con mayor contundencia simboliza la continuidad histórica entre el México prehispánico, el virreinato y la República. No es un dato retórico: el Estado de México (EMX) le dio nombre al país. En su geografía y en su memoria se encuentra la raíz de lo que somos como Nación.
Hablar del Estado de México (EMX) es hablar del corazón del Anáhuac. Es evocar el esplendor de Teotihuacán, ciudad sagrada cuya traza aún interpela al mundo moderno; es recorrer los señoríos matlatzincas y otomíes; es reconocer que en estas tierras se consolidó la civilización mexica antes de proyectarse como imperio. La historia mexiquense no es periférica: es axial.
Durante el virreinato, esta región fue espacio de haciendas, conventos y colegios que marcaron la vida intelectual de la Nueva España. De ahí emergió una de las inteligencias más luminosas del barroco hispanoamericano: Sor Juana Inés de la Cruz, nacida en Nepantla. Sor Juana no sólo representa el genio literario; encarna la defensa del conocimiento frente a la intolerancia, la afirmación de la razón en una época de dogmas. Su figura proyecta al Estado de México (EMX) más allá de sus fronteras y lo instala en la tradición universal.
El siglo XIX también encontró en suelo mexiquense a hombres de letras y de armas que entendieron la República como tarea moral. Ignacio Manuel Altamirano es referente obligado de esa generación que hizo de la educación pública un instrumento de emancipación. Su defensa de la escuela laica, su visión republicana y su vocación pedagógica dialogan con la mejor herencia mexiquense: la convicción de que el saber es fundamento de la libertad.
No puede omitirse, por supuesto, a José María Luis Mora, ideólogo del liberalismo temprano; ni a Adolfo López Mateos, presidente de la República cuya visión social dejó huella en la política exterior y en la consolidación del Estado mexicano moderno. Cada generación mexiquense ha aportado cuadros intelectuales, políticos y sociales que han incidido en el rumbo nacional.
El Estado de México (EMX) ha sido también escenario de tensiones y transformaciones profundas. Su cercanía con la capital del país lo convirtió en espacio estratégico para el desarrollo industrial del siglo XX y en territorio clave para comprender los desafíos metropolitanos del siglo XXI. Municipios como Ecatepec, Nezahualcóyotl o Naucalpan no son solo demarcaciones administrativas: son laboratorios sociales donde se cruzan migración interna, movilidad económica y demandas de justicia social.
Pero reducir al Estado de México (EMX) a su dimensión demográfica sería un error. La tradición mexiquense es, ante todo, cultural y cívica. Es la persistencia de los pueblos originarios; es la música y la fiesta popular; es el trabajo silencioso de millones de mujeres y hombres que sostienen la vida cotidiana del país. Es, también, la conciencia de pertenecer a una entidad federativa cuya historia antecede a la propia República.
El 2 de marzo nos convoca a mirar esa historia con responsabilidad. El federalismo mexicano no es una concesión administrativa; es un pacto político que descansa en entidades con identidad propia. El Estado de México (EMX), por su peso histórico, demográfico y simbólico, tiene una responsabilidad mayor en la consolidación de la vida republicana.
Celebrar su fundación no es un acto protocolario. Es reconocer que aquí, en estas tierras, se gestó una parte esencial del imaginario nacional; que el nombre de México no es una abstracción sino una herencia viva; que la tradición mexiquense —de Sor Juana a Altamirano, de Mora a López Mateos— nos recuerda que la cultura, la educación y el compromiso cívico son los pilares de la grandeza colectiva.
El Estado de México (EMX) no es solo una entidad federativa más. Es raíz, memoria y proyecto. En su aniversario reafirmamos que la historia no es nostalgia: es horizonte.
El Estado que dio nombre a la Nación










