2026: de la recuperación inercial al crecimiento estratégico
La proyección de HSBC que anticipa un crecimiento cercano al 1.5 por ciento para México en 2026 debe leerse con serenidad, precisión y ambición. No es una cifra para celebrar sin matices, pero tampoco es un dato para descartar con pesimismo. Es, más bien, un espejo que refleja dónde estamos: en un punto intermedio entre la recuperación cíclica y la necesidad urgente de un salto estructural.
Después de un 2025 de bajo dinamismo, hablar de “recuperación” ya implica un cambio de tendencia. La economía mexicana ha mostrado resiliencia en el consumo interno, un turismo que se beneficia de eventos globales y una manufactura que empieza a recobrar tracción. Sin embargo, crecer 1.5 por ciento desde una base debilitada no equivale a recuperar el potencial histórico del país ni a cerrar la brecha con nuestros principales socios comerciales.
Aquí radica la primera lección: no basta con volver a crecer; necesitamos crecer mejor, con mayor productividad, profundidad financiera y certidumbre institucional.
Uno de los ejes determinantes de 2026 será la revisión del T-MEC. No se trata de un trámite técnico más, sino de un examen de confianza para México. Los flujos de inversión, especialmente en manufactura avanzada, automotriz, energía y electrónica, dependen menos de las cifras de corto plazo y más de la percepción de estabilidad regulatoria y cumplimiento de acuerdos.
El segundo gran frente es la inflación. HSBC anticipa que podría mantenerse alrededor de 4.4 por ciento en 2026. No es un escenario de crisis, pero tampoco es plenamente confortable. Una inflación persistentemente por encima de la meta erosiona márgenes empresariales, encarece el financiamiento y afecta el poder adquisitivo de los hogares. Además, limita el margen de maniobra del Banco de México y complica la planeación de inversión de mediano plazo.
Considero que, la respuesta no puede ser exclusivamente monetaria. Necesitamos atacar las fuentes estructurales de la inflación, como los costos logísticos elevados, cuellos de botella en infraestructura, trámites excesivos y restricciones en el suministro energético. Productividad y estabilidad de precios van de la mano. Cuando las empresas producen con menores fricciones, los precios tienden a estabilizarse de manera más sostenible.
El tercer elemento (quizá el más decisivo) es la inversión privada productiva. México cuenta con ventajas innegables; tiene una ubicación geográfica privilegiada, integración comercial con Norteamérica, una base industrial relevante y talento técnico en expansión. No obstante, la tasa de inversión sigue siendo insuficiente para detonar un crecimiento superior al 2 por ciento de manera sostenida.
El nearshoring ha abierto una ventana histórica, pero las ventanas no permanecen abiertas para siempre. Para capitalizarla, México debe ofrecer no sólo cercanía al mercado estadounidense, sino certeza regulatoria, infraestructura moderna, energía confiable y capital humano altamente calificado. Sin estos pilares, el nearshoring se quedará en expectativa y no en realidad transformadora.
Desde esta perspectiva, mi lectura es moderadamente optimista. México no está atrapado en un bajo crecimiento; está ante una oportunidad que exige estrategia y ejecución. El 1.5 por ciento proyectado no es un destino, es un punto de partida.
Para convertir esta recuperación inercial en un crecimiento de mayor calidad, propongo tres líneas de acción concretas y medibles:
Primero: una agenda T-MEC con gobernanza clara
Establecer un calendario público de negociación, mecanismos de diálogo permanente con el sector privado y criterios técnicos verificables para la resolución de controversias. Esto reduciría la incertidumbre y aceleraría decisiones de inversión.
Segundo: una estrategia antiinflacionaria con enfoque productivo
Complementar la política monetaria con un programa integral de reducción de costos estructurales: modernización de puertos y carreteras, digitalización de trámites, certeza en política energética y estímulos temporales a sectores de alta productividad.
Tercero: un pacto público-privado por la innovación y la diversificación
Crear un fondo mixto orientado a manufactura avanzada, tecnología, economía verde y servicios basados en conocimiento, acompañado de incentivos para diversificar mercados de exportación más allá de Estados Unidos.
En el fondo, el debate no es si creceremos 1.5 o 2 por ciento. La pregunta estratégica es qué tipo de economía estamos construyendo. Una basada en ciclos volátiles y dependencia de factores externos, o una sustentada en productividad, inversión y confianza institucional.
2026 puede ser el año en que México pase de “recuperarse” a reconfigurar su trayectoria de crecimiento. Para ello, necesitamos decisiones coherentes, coordinación entre sector público y privado, y una visión de largo plazo que trascienda coyunturas políticas.
El pronóstico de HSBC no debe adormecernos, ni alarmarnos. Debe impulsarnos. México tiene capacidad, talento y oportunidades suficientes para crecer más y mejor. Pero el crecimiento no se decreta: se diseña, se negocia y se ejecuta.
Y esa es la conversación que debemos tener hoy, con datos, con estrategia y con responsabilidad.










