4T. Un golpe inesperado
El presidente Calderón (2006-2012) nunca pudo levantarse del error de la guerra contra el narcotráfico. En su sexenio hubo eventos que pegaron duro en la moral colectiva, dañando en lo profundo a su gobierno. La masacre de los jóvenes en la colonia Villas del Salválcar, municipio de Ciudad Juárez, Chihuahua; los 72 ejecutados en su mayoría migrantes, en el municipio de San Fernando, Tamaulipas; la desgracia del incendio de la guardería ABC en Hermosillo, Sonora; el asesinato de dos estudiantes del Tecnológico de Monterrey, Campus Monterrey; y, el incendio del Casino Royale, donde murieron 52 personas, ocurrido en el mismo municipio norteño, fueron eventos que impactaron la conciencia nacional. El presidente buscó alianzas con los medios, con el gobierno de Estados Unidos, contrató asesores extranjeros, pero nada pudo hacer. Jamás revertió el daño de los acontecimientos. Perdió las elecciones presidenciales y se ganó el repudió de la población por crímenes de lesa humanidad.
El sexenio del presidente Peña Nieto (2012-2018) la seguridad se salió de control en las entidades federativas. La desaparición de los jóvenes de la Normal Rural de Ayotzinapa, municipio de Iguala, Guerrero, fue costosa para su gobierno. Jamás consiguió explicar lo ocurrido, menos encontrar a los culpables, el procurador trató de falsear los hechos con la verdad histórica, solo causó un rechazo unánime. Entre otros acontecimientos, acumuló un desprestigio que lo llevó a ser un presidente repudiado, sus propios aliados lo traicionaron.
Lo mismo ocurrió con los presidentes Gustavo (del Santísimo Sacramento) Díaz Ordaz Bolaños (1964-1970) con la masacre de los estudiantes del 2 octubre de 1968 en Tlatelolco; y Luis Echeverría Álvarez (1970-1976), con la matanza del “Jueves de Corpus”, mejor conocido como “el halconazo”, cuando un grupo paramilitar asesinó a estudiantes de la UNAM y el Politécnico el 10 de junio de 1971, en la ciudad de México. Los universitarios protestaban en apoyo a la huelga de la Universidad Autónoma de Nuevo León y en defensa de la autonomía universitaria. Ambos presidentes, ni muertos obtuvieron el perdón, mucho menos el olvido.
El gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador (2018-2024) si bien no registró eventos en extremo violentos como sus antecesores, en su lucha contra la delincuencia organizada expresó, una frase calculada o no, que lo siguió durante su sexenio: “abrazos y no balazos”. Sus críticos la retomaron como estandarte de campaña política en su contra. No tuvo costos políticos, ganó las elecciones, tanto las intermedias como las presidenciales. Manejó bien la crisis de la detención y posterior liberación de Ovidio Guzmán y, afortunadamente, el atentado contra el periodista, Ciro Gómez Leyva, no pasó a mayores. Si hubiese perdido la vida, el escándalo mediático iba a ser alto para el presidente.
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo dio continuidad a la estrategia de seguridad combatiendo las causas, pero introdujo el desarrollo de inteligencia para enfrentar al crimen organizado. Todo avanzaba en la normalidad, pero brincó un hecho que impacto en el país. El asesinato del presidente municipal de Uruapan, Michoacán, pegó en los cimientos a la estrategia de seguridad y al gobierno de la 4T. Modificó la agenda de la mañanera, obligó la instrumentación del Plan Michoacán y la reacción inmediata del gabinete de seguridad pública.
Los resultados están por medirse en el corto plazo. Solo que empezó con un error de procedimeinto al no separar al gobernador del cargo. Es una figura desgastada que no abona al éxito del Plan Michoacán. Será una figura administrativa, pero no un gobernante a la altura que requiere una entidad que ha estado en manos del crimen organizado y la corrupción política.






