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CIUDAD DE MÉXICO, 03 de septiembre de 2017.- La incapacidad de un sistema educativo formal, el empobrecimiento socioeconómico de las familias y los altos niveles de violencia en los contextos familiares y comunitarios que orillan a los niños a abandonar sus casas y adoptar las calles como su nuevo hogar, consideró Pedro Hernández, académico de la Escuela Nacional de Trabajo Social (ENTS) de la UNAM.
La calle es una opción y un espacio de vida para algunas poblaciones, “quienes algún día fueron niños de la calle han alargado su permanencia en ella y hoy tenemos la tercera generación que ha nacido en ese medio y no conocieron un hogar”, dijo, según refiere un comunicado de la máxima casa de estudios.
La calle es un gran mercado que proporciona a quienes la habitan dinero, comercio, ejercicio precoz de la sexualidad, relación grupal, que podría basarse o no en la violencia.
“A fin de cuentas, es el lugar y el espacio en el que cada quien decide permanecer y desarrollar sus actividades. Antes era un medio de sobrevivencia y hoy es, además, una elección viable, estable y duradera de vida para algunos de ellos”, apuntó el experto.
Según datos de la Encuesta Intercensal 2015 (INEGI), uno de cada dos niños se encuentra en situación de pobreza, condición que los coloca en riesgo y alta vulnerabilidad; un importante número de ellos vive situaciones permanentes de violencia verbal y física, además de un alto índice de abusos sexuales.
El abuso de alcohol y drogas en casa, así como la carencia de relaciones positivas y de un proyecto de vida entre los integrantes de la familia, suelen ser condiciones que expulsan a los pequeños a las calles.
Aunque siempre ha existido este fenómeno, en la década de los 90 surgió un boom de la visibilización de la población callejera; los infantes comenzaron a ocupar más la calle y el fenómeno social de los desamparados se hizo más notorio. Sin embargo, “hoy ya los consideramos parte del paisaje urbano, es decir, se han vuelto a invisibilizar”.
Entonces se habló de los menores en situación extraordinaria, de una minusvalía; un grupo al que había de proteger con medidas asistencialistas y proteccionistas, niños trabajadores, indígenas, migrantes; “menor de la calle” fue uno de los primeros nombres que se les dio.
A partir de ahí surgieron organismos civiles, algunos con medidas asistencialistas, otros desde la mirada proteccionista, y un sinfín de campañas mediáticas para “rescatarlos” del espacio público.