¿A quién le importa?
Veo con inquietud el aumento de inseguridad. Son muchas las voces que hablan con preocupación de cómo hay signos de que el problema sigue incrementándose. Extorsiones, desapariciones, asaltos, muertes, continúan como realidades con las que convivimos cotidianamente.
Desde la trinchera política gobierno y oposición desgastan parte de su discurso señalando culpables, obviamente del bando contrario, para tratar de explicar la violencia que surca el territorio nacional. Desde la vida ciudadana parece poco relevante seguir explorando el pasado y no encontrar medidas actuales para enfrentar esta situación que nos afecta a todos. La violencia no distingue entre partidos, ni ideologías políticas, hiere por igual a cada uno de quienes estamos aquí. Ya va siendo hora de encontrar resortes para conjuntamente enfrentar este cáncer que lacera con fuerza nuestra patria.
Recomponer la grave inseguridad conlleva desde luego aminorar las situaciones que facilitan su surgimiento: falta de educación, ausencia de oportunidades, salarios empobrecidos que impiden el sostenimiento adecuado de una familia. Supone, desde cada hogar, recuperar la capacidad de poner límites a los hijos, de enseñarles a preocuparse por los demás y no a vivir en su pequeña burbuja, completamente desinteresados de todo lo que está más allá de su yo.
Requiere de empatía para no dejar solas en su búsqueda a los padres que siguen peinando nuestro territorio tras del hijo que tienen perdido. Demanda reconstituir el tejido social intentando contactar y reconectar con nuestros vecinos para tener una red de apoyo entre quienes viven más cerca de nosotros.
Reclama cercanía con la autoridad para exigirle su actuación puntual cuando surge un problema. Conlleva la necesidad de denunciar un hecho delictivo, aunque hacerlo suponga horas de nuestro tiempo y parezca una tarea estéril. Significa sentir como propio el dolor de los demás y sacudirnos la comodidad de pensar que pueda estar tranquilo porque todavía no he sido víctima de la violencia.
La inseguridad nos importa a todos. Al policía que patrulla las calles y se juega la vida porque cuenta con un armamento menor que el del crimen organizado. A los padres que viven con zozobra el retraso que tiene un hijo para retornar al hogar por las noches. Al pequeño comerciante que se siente asfixiado por tener que pagar un derecho de piso para poder seguir trabajando. Al joven que no puede con tranquilidad irse de excursión pues fácilmente puede ser violentado.
La inseguridad nos duele a todos porque impide el crecimiento económico del país, cancela la posibilidad de confiar con facilidad en el otro, pues no se sabe si requiere ayuda o finge para causarnos un daño. La sensación de vulnerabilidad permanente, mina la confianza en nosotros mismos, nos vuelve incrédulos, hace que miremos a otros como enemigos potenciales y provoca un extraño desarraigo, pues siento que estoy en un sitio donde no puedo vivir pacíficamente.
Es verdad que cuando aparecen las desgracias hay quienes buscan enarbolar su causa para obtener un beneficio personal, pero es más real reconocer que hay muchas personas que miran con anhelo el fin de esta tragedia, que ya no quieren violencia, que no desean contemplar más muertes.
Por eso, la inseguridad es un tema que importa a todos. Quizá este mal común sea un buen detonante para acabar con la polarización y ponernos a trabajar todos juntos, hombro con hombro, para desterrar con determinación este odioso mal que lastima y no nos deja vivir tranquilos.










