Al final todos somos ciudadanos
La gran mayoría de los habitantes de México tenemos la nacionalidad mexicana. Casi todos la adquirimos por nacimiento, otros por naturalización. El hecho de ser mexicanos y alcanzar la mayoría de edad nos confiere la calidad de ciudadanos. Por ello, gozamos de unos derechos y tenemos también una serie de obligaciones.
Cada uno de quienes habitamos esta tierra contribuimos con nuestro trabajo a forjar su destino. En esta fragua de nuestro esfuerzo, unos cuantos ocupan cargos de conducción al asumir puestos de gobierno en el Estado, y otros más contribuimos desde nuestras propias trincheras al desarrollo de nuestra nación.
La tarea política es una función con fecha de caducidad. Los cargos se ejercen por periodos y, luego de algún tiempo de cumplir con esa tarea, se vuelve a la vida de quienes no tenemos, como parte de nuestros deberes, plantear las políticas públicas que regirán nuestra nación.
El cometido de gobernar, si se entiende cabalmente, es una tarea de servicio. Se trata de poner en juego toda la capacidad humana que el gobernante posee para lograr un mejor futuro. En una democracia, cada paso tiene que ser contrastado y confrontado por el escrutinio de los demás. Si bien es cierto que una democracia no pretende vivir en unanimidad, es relevante buscar concretar acuerdos mayoritarios que permitan trazar un rumbo compartido por los distintos miembros de la sociedad.
Hablar de la política como servicio y como una función no permanente contrasta fuertemente con la historia de muchos personajes que han vivido de la política como fuente primordial de su bagaje profesional. Como tantas veces hemos visto, cuando la política se convierte en modus vivendi es más fácil que la conciencia de servicio se pierda y un gobernante tenga motivos, el pan de cada día, para mantenerse con esa fuente de trabajo el mayor tiempo posible.
Históricamente ha habido figuras relevantes en el quehacer público que han combinado su pasión por intervenir con su protagonismo en los destinos de la nación con el ejercicio de otras tareas capaces de proveerles del sustento necesario. Esta saludable alternancia facilita el cambio de personas en el ejercicio del poder, refresca el modo en el que se hacen las cosas y permite que, de modo natural, se vayan gestando cambios que siempre son necesarios. La alternancia de partidos e ideas contribuye de modo saludable a ir enriqueciendo perspectivas y modos de hacer. No está exenta de problemas, pues es difícil responder rápidamente a todo y hay que invertir muchas horas en convencer y explicar lo que se desea hacer.
Hay un personaje que me parece ilustra de modo paradigmático el ejercicio del poder como servicio. Se trata de Lucio Quinicio Cincinato, un político romano. En momentos difíciles de la historia de Roma fue llamado a ejercer la tarea de dictador; tenía el poder absoluto para resolver una tarea compleja. Tomó el poder, ejecutó la obra para la que fue llamado y, una vez concluido, volvió a sus campos a seguir sembrando. Sabía que el poder le había sido dado para lograr una meta y, una vez conseguida, entendía que se había culminado el mandato.
Hacen falta muchos Cincinatos. Ojalá nuestros políticos no olviden que el poder es para lograr unos objetivos y que después hay que volver a nuestra realidad habitual. Nuestra condición de mexicanos es de ciudadanos, no de conductores permanentes de nuestra sociedad.
Creo que para saber irse hay que aprender a quererse. Ninguno de nosotros es valioso por lo que hace; la verdadera raíz de nuestro mérito surge de lo que somos. Una vez más parece relevante no confundir dónde está lo realmente importante. Ya lo decía Machado: “solo el necio confunde valor y precio”, eso pasa cuando preferimos hacer que ser.






