AMLO y Claudia. Segunda de dos partes
El carisma y control político de AMLO en Morena y sobre los integrantes de su gabinete dieron los resultados electorales más sorprendentes registrados en México durante las últimas décadas. Solo se vivió algo parecido en las elecciones de 1991 cuando el PRONASOL fue la estructura de movilización electoral del gobierno salinista. No lo fue el PRI, fue el presidente con su programa de aparente ayuda social.
AMLO fue el eje rector único del rumbo de su administración, el operador político indiscutible e incuestionable. Constituyó un liderazgo capaz de jalar las campañas de los candidatos de los procesos locales y de la elección intermedia de 2021. Ganó, poniendo en evidencia los nulos resultados de las estrategias de la oposición en contra de su gobierno. Lo más destacado fue que conservó la mayoría en la cámara de diputados y, con ello, el control de la aprobación del presupuesto federal sin concesiones a nadie, como ocurrió con los presidentes Fox, Calderón y Peña Nieto.
El quinto año de su gobierno se distinguió por el extraordinario manejo de la sucesión presidencial. Como nadie, formó a su sucesor con tiempo y con una visión de dar continuidad al movimiento de la 4T. Guio la carrera política de quien reunía las cualidades requeridas, la protegió y la llevó a la mañanera, que era el escaparate más visto en el país. El terrible accidente de la línea 12 del Metro capitalino no afectó a la entonces jefa de Gobierno de la Ciudad de México. Ella conservó su imagen de solvencia, mientras el afectado y pagano fue Marcelo Ebrard. Con todo bajo control, celebró un proceso interno en Morena para elegir al candidato presidencial de la continuidad.
Por los resultados favorables al morenismo en elecciones locales, incluida la del Estado de México (EMX), no había duda que AMLO iba a ganar las presidenciales; el fondo político de la sucesión estaba en elegir a una figura leal y con la formación adecuada para mantener vivo al movimiento progresista. Sobre todo, dar continuidad al Lopezobradorismo como cultura política de la izquierda en funciones de gobierno. La suerte estaba echada y ganó Claudia Sheinbaum. Su victoria nunca estuvo en duda; para ella, fue la ocasión de recorrer al país, empezar a sumar aliados y establecer acuerdos. Como candidata tomó el rol de líder de Morena y la 4T. AMLO construyó un gobierno que lo hizo poderoso, Claudia asumió el destino de la nación con más poder real que él.
AMLO obtuvo el triunfo presidencial y entregó la mayoría calificada en el Poder Legislativo a su sucesora. Con esas herramientas, la presidenta Sheinbaum cerró la reforma al poder político en México al celebrar la elección del Poder Judicial. Último y único bastión que quedaba en manos de la oposición. Debido a su eficacia como instrumento de comunicación política ha seguido con las mañaneras, donde debate-confronta a los medios tradicionales. Solo ha introducido una variable que marca una diferencia con su antecesor. Ella no es continuidad del Lopezobradorismo, ella es el rostro y figura del movimiento feminista en México y América con reconocimiento en Europa, Asia y África. “Llegamos todas” y la mayoría está con ella. Esa fortaleza de identidad de género la ha empoderado más allá de los liderazgos de morena y de López Obrador. Ella, son ellas y cada que la quieren golpear se fortalece con la solidaridad de las mujeres que la siguen como ejemplo de un cambio cultural único.
AMLO y el Lopezobradorismo la hicieron, pero ella ya lo superó con un movimiento propio. Es la presidenta; así, en femenino.










