Construyamos juntos el México que queremos

Edgar Ordóñez Durán

En tiempos de crisis no hay ganadores, los riesgos son graves, aun no tocamos fondo. La vida, la paz y la prosperidad deben ser nuestra prioridad, y están por encima de la polarización de la sociedad, el encono y la división de clases. No es momento de jugar apuestas para ver quién gana, es momento de pensar en que mañana todos necesitamos comer, tener libertad y transitar en paz. Seneca decía “Una era construye ciudades, una hora las destruye”.

Mi interés es crear conciencia del momento y de su desenlace, estamos ávidos de respuestas, de volver a sonreír; aun ante los pronósticos más pesimistas de esta novela, démosle sentido al guion y construyamos juntos el mejor final; porque a  medida que el retorno a las actividades crece, que regresamos a la nueva normalidad, la inquietud social parece aumentar; estamos como en un recuento de los daños después de una batalla y la recuperación de la vida cotidiana es el triunfo esperado.

La realidad se nos presenta en nuestro imaginario colectivo entre el miedo y la esperanza; es como si después de cien días en la oscuridad vemos la luz, al principio nos cegará, más al mezclarse la pandemia con los temas de la agenda diaria: desempleo, inseguridad, pobreza, inversión, desarrollo, crecimiento; luego el tiempo nos dará la razón si tuvo sentido lo que hicimos. Rousseau en su tiempo, ante los cambios de la modernidad, señalaba sobre la vida pública como un choque perpetuo de grupos y cábalas, un flujo y reflujo continuo de prejuicios y opiniones en conflicto, es como un le tourbillon social; que afortunadamente con diálogo y trabajo tiene salida.

Las perspectivas han cambiado, hay una incapacidad para otear lo que se avecina: vaivenes en el mercado petrolero y sus precios, coraje social derivado del abuso policial, renacimiento de las luchas por la igualdad y la supervivencia del más débil ante las llamadas supremacías raciales, la recomposición política de los nuevos Gobiernos, la emergencia sanitaria por el nuevo coronavirus, las elecciones en los Estados Unidos, la caída de la economía mundial pronosticada de más de 8 por ciento, las guerras comerciales de las grandes potencias, la lucha por el espacio sideral y las nuevas tecnologías, hasta las elecciones intermedias  de 2021 en el país.

Estos sucesos globales romperán paradigmas, los moldes habituales del quehacer político y ciudadano; se presentan en pugnas por el poder en el nuevo orden, desencantos populares, vaivenes en la economía, ataques a la democracia, señalamientos a las respuestas gubernamentales, resquebrajamientos institucionales hasta movimientos sociales. 

La inacción por la pandemia agravó la recuperación económica y mermó el poder adquisitivo, arrastrando a la economía familiar de por sí ya lastimada, es común escuchar quejas: de la falta de dinero, del trabajo perdido, de la escasez de clientes, del ocaso del ahorro, de cómo le vamos a hacer. Ante esta recesión necesitamos acción y decisión. Para volver a crecer es un proceso donde intervienen varios factores, en especial la confianza para que haya inversión y el liderazgo del Estado que impulse a los factores de la producción: capital, trabajo y propiedad.

No es momento de desviar la atención, el monstruo que viene, divididos no lo vamos a parar; con el paso de los días la demanda será mayor en empleos, créditos, y otros instrumentos financieros de apoyo, desafortunadamente la capacidad del Estado es limitada, pero si puede compensar, aminorar las perdidas e incentivar la recuperación con audaces políticas y programas.

Implementar estas políticas pasan por construir acuerdos o como se llame, donde todos los sectores participen, empresarios, sindicatos, organizaciones políticas, gobernadores, alcaldes de la mano con el Gobierno Federal, que aporten y cedan con generosidad. Hagamos política, encontremos coincidencias en las diferencias.

La circunstancia actual pone a prueba nuestra inteligencia y capacidad, nos ha costado mucho construir instituciones y trascender; hoy los mexicanos necesitamos volver a creer, revitalizar nuestro sentido de pertenencia como nación y recuperar la confianza en nuestras instituciones, en nosotros mismos; donde el imperio de ley cobije las libertades y el trabajo sea el medio para el disfrute y la búsqueda de la felicidad. La apuesta es no caer en el espejismo de que la salvación nacional es divina, los regresos solo han sido posibles cuando creemos y estamos unidos. Que así sea.