Cartas de Maquiavelo
Epistolario de Nicolás Maquiavelo hace radiografía de hechos de vida y de su pensamiento que son crónica de una época nada gratificante por el comportamiento de aquellos que tenían, aún siendo feudos y señorías: comportamiento de esa trilogía menos querida en la historia humana. Rey, Clero y Ejército, un triunvirato que han durado a través de diversas religiones e ideologías por sostener el poder político en pocas manos. No me extraña que Francesco Guicciardini le escriba desde Módena, 18 de mayo de 1521 a Nicolás Maquiavelo las siguientes páginas.
Dice: “escribí ayer a M. Gismondo que erais vos una persona rarísima, me ha respondido pidiéndome que le diga en qué consiste esa rareza vuestra: no he querido contestarle, para qué esté más en suspenso y tenga causa y tenga causa para observaros de todo. Valeos, mientras estáis a tiempo, de esa reputación: no siempre estaréis rodeado de pobres. Avisadme cuando quedéis libre de esos frailes, entre los cuales si metieseis la discordia o al menos dejaseis una semilla capaz de pulular dentro de algún tiempo, sería la más egregia obra que jamás hicierais, y no por eso la tengo por muy difícil, conociendo la desconfianza y la malignidad de ellos. Avisadme y, cuando podáis, venid. En Módena, a los 18 días de mayo de 1521”.
Un solo párrafo permite ver cuál era el contexto histórico en el que vivían el joven Guicciardini de 38 años con respecto al pensador político de 52 años. Han de ser seis años en que sus relaciones epistolares han de venir escritos con sus manos y la tinta sobre papel que hoy son documentos incunables por su importancia. Ahí, en esos textos está la obra de uno y otro. Ayuda a comprender cómo es que el joven rico y brillante que es Francesco escribe dando consejos al mayor como si de un ser común tratase.
Ese mismo día, desde Carpi, el 18 de mayo del mismo año, escribe Maquiavelo: “si deciros que el humo ha llegado hasta el cielo, porque entre el jadeo del portador y el paquete grande de las cartas, no hay hombre en esta casa ni por este rumbo que no esté enloquecido; y por no parecer ingrato a Messer Gismondo, le mostré los capítulos de los suizos y del rey”. Lectura epistolar de estos dos genios es muestra de esos tiempos donde esconder la personalidad y más aun los pensamientos era obligada tarea de quien se considera digno de vivir en ese tiempo.
El consejo de Francesco es una orden. Escóndete de todo aquél que desee saber quién eres. Si le das esas armas serás presa fácil para tu destrucción. En otras palabras, en el mundo de la mafia se dice <<no digas nunca lo que vas a hacer, hazlo en su momento y será más fácil el hacerlo sin que tu enemigo esté enterado de lo que le va a suceder>>. Así que charlar con Gismondi al regreso con el paquete de cartas y documentos lleva a Maquiavelo, que dice: “Parecióle cosa grande, díjele de la enfermedad de César, y de los estados que quería comprar en Francia, de modo que quedó boquiabierto. Pero creo, con todo esto, que teme estar siendo burlado, porque es desconfiado, y no ve motivo para que se escriban semejantes biblias a estos desiertos de Arabia, donde no hay más frailes; y no creo parecerle ese hombre raro que le habéis escrito vos, porque yo me quedo aquí en casa, duermo o leo y me estoy callado; de modo que creo que se da cuenta de que queréis burlaros de mí y de él”. Parecen cartas, páginas en blanco que se llenan de palabras en tinta y pluma de aquellos tiempos. Se escribía directo en el papel con gran alegría cuando se escribía con el fin de hacer alguna maldad o tratar un asunto de suma peligrosidad.
Escribir sin decir el fondo de lo mismo en la carta respectiva era un arte en aquellos tiempos. Sólo el destinatario sabía de lo que se estaba hablando en la escritura. Cuidado y tales documentos cayera en manos enemigas porque peligraba no sólo el trabajo o la riqueza, sino la vida. Por eso dice Maquiavelo: “con todo, él me va tanteando, y yo le respondo con pocas palabras y mal compuestas, y me fundo en el diluvio que debe venir o en el Turco que debe llegar, y si estaría bien hacer la cruzada en estos tiempos y otras charlas de plaza, tanto que creo que pensará tener que hablar con vos mil años para aclararse, o para reclamaros por haberle puesto en las manos este fastidio, porque le ocupa la casa y lo tengo empeñado aquí…” Toda la vida y obra de Nicolás Maquiavelo está concatenada entre sí. Eso permite comprender su entorno existencial y relaciones que nunca fueron fáciles para quién llegó a ser diplomático en la Italia que nacía apenas para ser hoy lo que es.
Cuenta el florentino su paso por Carpi, donde vivía por su labor el padre de la ciencia política: “…sin embargo creo que mucho confía en que el juego habrá de durar poco, y por eso sigo poniendo buena cara y haciendo que las comidas sean abundantes, y yo engullo por tres perros y seis lobos, y cuando almuerzo digo: “Esta mañana me gano dos julios”; y cuando ceno: “Esta noche me gano cuatro”. Con todo, sin embargo, estoy obligado con vos y con él, y si alguna vez va a Florencia lo compensaré y vos entre tanto hacedle buenas palabras”. Mundo de las relaciones fueron aquellas décadas de vida en madurez para Maquiavelo.
El que le pusieran como ejemplo al joven Guicciardini no llevaba a Maquiavelo a entrar en batalla con quien estaba siendo un amigo en tiempos de vacas flacas como parece ser ese tiempo fuera de Florencia. En carta referida regreso a primeras palabras del historiador, quien inicia esta carta así: “no teniendo, Maquiavelo queridísimo, ni tiempo ni cerebro para aconsejaros, y no estando tampoco acostumbrado a hacer tal oficio sin salario, no quiero dejar de ayudaros a fin de que al menos con la reputación podáis conducir vuestras arduas empresas”.
Una comunicación admirable y llena de lecciones de vida. Dos genios que sabían que cada página escrita por el uno o por el otro significaba relatar en crónica lo que sucedía en esas Señorías que mucho tenían de rines violentos y sangrientos, donde el envenenamiento de los poderosos pasaba por todo el tamiz de la familia si era necesario. Se había heredado lo peor y lo mejor de aquél imperio romano, o de aquellos lejanos lugares que habían venido a Europa por el oriente y norte de ese continente mágico que reúne nuestras raíces del mundo occidental al que pertenecemos.
Eran tiempos en que el César y Dios convivían por acción de los frailes del alto clero y aún del bajo que convivía a diario con el poder económico y político. Con ninguno de ellos era bueno enemistarse. Dice en su carta Maquiavelo: “este traidor de Rovario se hace desear, y va cavilando, y dice que teme que no podrá venir, porque no sabe después de qué modo podrá predicar, y tiene miedo de ir a la cárcel como el papa Angélico (Celestino V); y dice que después de Florencia no le hacen honor las cosas, que él hizo una ley, cuando predicó allí otra vez…” Lecciones de vida y crónica, harían bien un montón de seudocronistas en el país de aprender a través de estas cartas lo que es referir la Crónica de su tiempo. Y no pensar que la Crónica es solo citar como diccionario los hechos del pasado; olvidando que el verdadero Cronista es el que retrata su tiempo, por más doloroso que sea.






