Contra viento y marea
La marcha del 31 de mayo de 2026 fue una movilización histórica. Expresó la fuerza de un movimiento orgánico que salió a respaldar a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo frente a las agresiones y presiones provenientes del exterior. El acto marca, además, el inicio de una nueva etapa en la relación entre México y Estados Unidos.
Más allá de los problemas estructurales que enfrenta el país, el respaldo social a su gobierno sigue siendo sólido. Andrés Manuel López Obrador encabezó en su momento una movilización que estableció una marca difícil de superar, aunque en circunstancias distintas y bajo una intensa presión opositora. Marchó acompañado, según diversas estimaciones, por cerca de dos millones de ciudadanos y envió un mensaje contundente: la transición estaba asegurada y habría continuidad en el proyecto político.
La Presidenta representa esa continuidad, pero también la persistencia de las campañas de desgaste impulsadas por la oposición de derecha y los grupos conservadores. Apoyadas en una estrategia mediática permanente, las agresiones forman parte de la agenda cotidiana. Miles de cuentas automatizadas operan día y noche en las redes sociales. Sin embargo, esa estrategia presenta una debilidad fundamental: no ha logrado construir un movimiento orgánico. Su mundo es ficticio.
La mejor prueba de las limitaciones de la oposición son los niveles de aprobación de la Presidenta, que se mantienen cercanos al 70 por ciento. En términos comparativos, se trata de una cifra políticamente sólida. Más que un dato para discutir, debería ser una señal de alerta para los estrategas opositores. Siguen sin construir una alternativa competitiva de alcance nacional y, en el ámbito local, sus avances responden más a nichos electorales específicos que a una verdadera capacidad de crecimiento político.
Se sostienen, fundamentalmente, en el voto anti-morenista, y eso apenas les alcanza para conservar sus posiciones actuales. La marcha confirmó que Morena mantiene una amplia base electoral y que la marca de la Cuarta Transformación conserva una notable capacidad de movilización. Esa fortaleza política pertenece hoy a la presidenta, pese a las presiones derivadas de la inseguridad, el caso Sinaloa, las tensiones diplomáticas con Estados Unidos —particularmente por las formas del presidente Donald Trump— y las acusaciones contra políticos presuntamente vinculados al narcotráfico.
La presidenta Sheinbaum ha superado en niveles de aprobación a los seis presidentes que la antecedieron. López Obrador registró, en un periodo equivalente de gobierno, una aprobación máxima de 68 por ciento y una mínima de 58. Enrique Peña Nieto obtuvo una de las evaluaciones más bajas, con alrededor de 50 por ciento, mientras que Ernesto Zedillo alcanzó cerca de 55 por ciento. Existe, sin embargo, un caso excepcional: Carlos Salinas de Gortari llegó a registrar niveles de aprobación cercanos al 80 por ciento entre 1990 y 1991.
Eran tiempos en los que el sistema político era menos competitivo, el pluralismo era limitado y las encuestas estaban sujetas a un escrutinio mucho menor. Al final de aquel sexenio, esa realidad terminó por derrumbarse. La crisis económica golpeó severamente a millones de mexicanos que, pese a sus condiciones de pobreza y marginación, terminaron pagando y heredando los costos del rescate financiero instrumentado a través del Fobaproa.
Al igual que su antecesor, la principal fortaleza de la presidenta Sheinbaum radica en la conexión emocional que mantiene con amplios sectores populares. Sin embargo, la marcha no solo mostró la capacidad de movilización de Morena; también confirmó que el liderazgo político construido durante la Cuarta Transformación ha entrado en una nueva etapa. La fuerza que antes se explicaba por la figura de López Obrador comienza a expresarse ahora en torno a la presidenta Sheinbaum.






