Cuando todo se vuelve volátil
En la concepción de los griegos los seres humanos buscábamos la vida política como un modo de dejar una huella que perdurara más allá de nuestra propia existencia. La vida pública era la fuente de una nueva vida, el lugar donde adquiríamos un nombre, portábamos una fama y podríamos trascender en una historia que sería contada y recordada por quienes vinieran después.
En otro ámbito, el hombre con su trabajo aspiraba a generar cosas que perduraran. La idea de hacer objetos que pudieran sobrevivirnos y con el propósito de que estuvieran un largo tiempo entre nosotros, también como signo de nuestro paso y se transformaran en ese mundo habitado por muchos.
Hace ya tiempo que muchos bienes, antes pensados para ser duraderos, se han convertido en objetos de consumo. Realidades que se usan poco tiempo para ser prontamente sustituidas por otras nuevas. Antes, los automóviles duraban más años, hoy están diseñados para ser prontamente sustituidos, algo similar acontece con la ropa o con nuestra necesidad de ponerle a todas las cosas fecha de caducidad. La economía está cimentada sobre la masiva producción de bienes que serán adquiridas por consumidores, que terminarán por desechar los artículos adquiridos para ser sustituidos por unos nuevos.
Vivimos una vida vertiginosa. Basta con mirar una película de hace algunos años para constatar cómo, el ritmo al que estamos acostumbrados a observar el acontecimiento de las cosas ha sufrido un grave trastorno. Necesitamos cambio tras cambio. Nos cuesta mucho permanecer periodos prolongados haciendo lo mismo, mirar con calma y sin prisa una determinada realidad, sin experimentar el desasosiego de cambiarlo por algo distinto.
Nos encontramos en una época llena de transformaciones. Avances tecnológicos constantes, aparición de nuevos productos y, en últimas fechas, una sucesión de acontecimientos políticos que hacen pensar en un cambio del status quo con el que venía funcionando en el mundo.
Zygmunt Bauman describía el mundo como una sociedad líquida, donde todo muta, llenándonos de incertidumbre y dónde las estructuras sólidas que cimentaban la sociedad se han visto desplazadas por la volatilidad de las relaciones humanas provocando una sensación de libertad hasta el punto de experimentar el desarraigo.
Expresarse en la sociedad actual demanda mucha cautela. Es relativamente fácil con cualquier punto de vista herir la posición de otra persona. Así como nos faltan asideros comunes, encontramos trincheras inexpugnables en las cuales cualquier idea que pueda advertirse como contraria resulta peligrosa, hiriente y políticamente incorrecta. En medio de la vorágine parece que hace falta buscar causas que nos anclen.
No es fácil dilucidar qué es consecuencia de un razonamiento profundo, cuándo estamos frente a una convicción que guía la andadura de una persona o si lo expresado en simplemente una moda, una idea que también es tratada como objeto de consumo que se defiende provisionalmente con pasión inusitada y que puede, después de un tiempo, ser desechada como se eliminan tantas cosas del horizonte de nuestra existencia.
Queda la sensación de que para muchos ya no es posible hablar de un para siempre, ni sostener una posición confiando que puede permanecer inmutable por un periodo largo de tiempo. La provisionalidad ha adquirido carta de naturalización en nuestra era y la consecuente incertidumbre provoca de modo inconsciente ansiedad entre muchos.
Hace tiempo, muchos años en realidad, participando en un trabajo social en una comunidad rural de este país, unos agrónomos planteaban a un grupo de campesinos unas estrategias para hacer rendir más su tierra y no cosechar solamente una vez al año. Un hombre entrado en años escuchó atentamente toda la disquisición, guardo después un prolongado silencio y finalmente dijo: ¿para qué tanta prisa? La vida tiene sus ritmos y hay que dejar tiempo para las cosas que se hacen cuando no hay cosecha.
Tras estas palabras se esconde una larga sabiduría. La vida no puede reducirse a correr para producir más. Vale la pena replegarse para hacer esas otras actividades que pueden no ser tan rentables económicamente, pero que nos mantienen humanos y conectados con lo más profundo de la vida. Hace falta reposar, contemplar y pensar. También es bueno no desechar con tanta facilidad, no todo se tiene que cambiar, se puede recuperar el amor por lo que permanece. Siga habiendo realidades perennes, pero demandan sosiego para saborearlas.
Una mirada a la familia a la que pertenecemos, a los valores que nos aglutinan, a los anhelos que nos dan esperanza. A tantas realidades valiosas que quisiéramos llevar siempre con nosotros, todo lo que nos confiere identidad y que es entrañable nunca perder.






