De soberanías y colaboraciones
Gran parte de la agenda mediática se agota debatiendo las noticias sobre las visas. ¿A quién se le ha quitado? El peso de un trámite migratorio toma visos de conflicto bilateral. Para algunos, quitar una visa es un tema de injerencia política. Es, al menos, curioso calificar la posibilidad de ingresar a un país como un acto de interferencia en la política nacional. Cada vez que el tema resuena evidencia lo relevante de la relación entre México y Estados Unidos y cómo el libre tránsito entre ambas naciones es un asunto de capital importancia para la vida diaria y, en épocas recientes, resulta una especie de resello de bonhomía política y de honestidad.
Durante muchos años, el tema central de nuestra relación ha tenido que ver con la migración. Un gran número de mexicanos viven y trabajan en los Estados Unidos y representan, junto con otros latinoamericanos, la primera minoría de ese país. Son muchas las historias y los esfuerzos detrás de los 40 millones de mexicanos que viven en esa tierra y que contribuyen a acrecentar su economía y, también muchas veces, con sus remesas, la nuestra.
Desde la firma del Tratado de Libre Comercio en 1992, nuestras economías han quedado profundamente entrelazadas y buena parte de nuestra relación ha tenido que ver con el intercambio comercial. También hemos forjado una gran cadena de fabricación que nos permite ser un mercado competitivo a nivel global.
A lo largo de estos años, las visas han posibilitado entrar de manera legal a Estados Unidos o hacer negocios. En ambos casos, la diferencia de poder entrar o no ha sido significativa para muchas personas cada año.
En esta última etapa, la relación entre ambas naciones se ha centrado en temas de seguridad. La creciente influencia de los cárteles del crimen organizado y la amenaza que representan para las dos naciones han hecho que resalte más esta materia.
El asunto de las visas no sólo tiene que ver con poder ingresar a Estados Unidos ni es un mero instrumento para hacer negocios. Hoy, tener o carecer de la visa parece un criterio de probidad: si EEUU cancela tu visa, eres sospechoso de tener vínculos con el crimen organizado. No obstante, las razones para otorgar o no a alguien una visa pueden tener otra multitud de explicaciones.
A veces, los destinatarios de una decisión convierten esta medida en una batalla política. Escribir una carta pública, como hemos atestiguado recientemente, señalando que la decisión tiene un carácter hitleriano es, por decir lo menos, torpe e innecesario. En ocasiones, el silencio es mejor opción al pataleo, porque la reacción dibuja más al personaje que la medida misma.
Las reacciones inmediatas a toda medida del gobierno norteamericano vuelven su accionar destacado. Cabe la posibilidad de que una medida sea injerencista más por el valor otorgado por nosotros que por lo hecho desde el otro lado.
Los problemas que enfrentamos, como el narco, tienen manifestaciones en los dos lados de la frontera. Resulta lógico que haya una colaboración binacional para atajar un desafío que incumbe a los dos. Intercambiar culpas y facturar el problema a la producción o al consumo no resuelve el asunto. Hace falta, al igual que en el comercio, una integración mayor para darle vuelta a una realidad que nos afrenta a todos.
¿Cómo colaborar sin perder soberanía? ¿Cómo aceptar una ayuda y brindar nuestra propia experiencia a la resolución del problema de modo que nos percibamos como colaboradores? El reto es cómo conservar la soberanía colaborando y no refugiarse en el aislacionismo, pensando que ser naciones distintas nos condena a combatir nuestros problemas sin contar con la ayuda de otros.










