Del capitalismo financiero al productivo: México ante la disputa global por la reindustrialización
El desarrollo económico contemporáneo se define por una tensión estructural entre dos modelos: el capitalismo financiero, predominante en gran parte de Occidente, y un capitalismo de corte industrial–productivo que China ha sabido articular bajo un modelo político-económico propio denominado socialismo de mercado. Mientras Occidente prioriza la especulación financiera y la acumulación de capital desvinculada de la economía real, China ha demostrado que la combinación de planificación estratégica, inversión en tecnología y generación de empleo sostiene un crecimiento sostenido.
En el caso de México, políticas recientes han mostrado que es posible aumentar el ingreso de los trabajadores sin generar la inflación temida, rompiendo el mito de que un mayor salario mínimo automáticamente provoca aumento de precios. Esto ha sido posible mediante acuerdos amplios con el sector empresarial. Establecer mecanismos para que las micro, pequeñas y medianas empresas (MPM) ajusten sus pagos acordes a sus utilidades, ya que no se pueden comparar con las grandes compañías, las cuales pueden absorber incrementos al salario de mejor forma que las (MPM). Este enfoque permite mejorar el poder adquisitivo, dinamizar la economía real y fortalecer la competitividad productiva, constituyendo un modelo viable de desarrollo que vincula salario, productividad y bienestar social.
A diferencia de la dinámica original del capitalismo industrial —centrada en la generación de empleo, producción de bienes y expansión de la capacidad tecnológica—, en Estados Unidos y Europa se consolidó un modelo financiero rentista, donde la especulación se antepone a la economía real. La acumulación ya no depende del trabajo productivo sino del movimiento del capital en mercados bursátiles, fondos de inversión y derivados financieros que no generan empleo digno ni desarrollo tecnológico endógeno.
China siguió la ruta inversa: fortaleció el empleo bien remunerado en sectores industriales clave, desarrolló infraestructura, impulsó innovación científica y aseguró soberanía tecnológica. El resultado: un crecimiento sostenido que reposicionó su poder mundial y elevó sus capacidades para competir con Estados Unidos en tecnología, comercio e inversión internacional.
México se encuentra entre estos dos polos. La dependencia comercial, energética, tecnológica y de seguridad con Estados Unidos constituye una realidad estratégica que no puede desconocerse. Sin embargo, permanecer atado únicamente a una economía financiera sin expansión industrial, implica renunciar a una ventana histórica para elevar la competitividad nacional, generar empleos con salarios dignos y construir autonomía en sectores estratégicos.
No se trata de adoptar una postura pro-China ni antiestadounidense. Se trata de reconocer la realidad: México debe aprovechar su papel de actor privilegiado entre los bloques económicos emergentes, diversificar alianzas estratégicas y fortalecer un modelo productivo propio. El nearshoring, los corredores industriales, las nuevas capacidades científicas y tecnológicas y la transición energética deben colocarse al centro del proyecto de desarrollo nacional.
Además, México enfrenta presiones geopolíticas adicionales. La política de Donald Trump hacia América Latina —expresada en sanciones a Venezuela, presiones sobre Colombia y una visión de seguridad centrada en el control territorial— anticipa una etapa de mayor unilateralismo y proteccionismo. En ese contexto, México debe evitar un reposicionamiento subordinado que limite su margen de maniobra y sus aspiraciones de desarrollo soberano.
El reto es claro: transitar de una economía dependiente y financieramente vulnerable hacia una economía productiva, innovadora y socialmente justa. Si México no asume su función estratégica con visión de Estado, la oportunidad histórica podría convertirse en una nueva forma de dependencia estructural.
El dilema mexicano no es elegir entre China o Estados Unidos: es decidir si seguirá atrapado en un modelo que concentra riqueza sin generar bienestar, o si colocará al empleo digno, la tecnología y la industria en el centro de su futuro.
El desafío no solo es atraer inversiones, sino que la riqueza se traduzca en bienestar social. La transición del capitalismo financiero al productivo en México, solo tendrá éxito si la política industrial incluye criterios de justicia económica, desarrollo regional equilibrado y soberanía tecnológica.
México esta frente a una oportunidad histórica. Si aprovecha su posición estratégica, puede ser protagonista en la disputa global por la reindustrialización y garantizar un futuro con desarrollo económico verdadero productivo, inclusivo y nacionalmente soberano.
El Plan México del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum está en esa ruta, objetivos clave generar más empleos con mejores salarios, reducir la pobreza y la desigualdad.
Aumentar la inversión y la producción, impulsar la innovación, la estrategia busca combinar inversión pública y privada, desarrollo regional y sostenibilidad.










