Donald tenemos un problema
Inician las elecciones primarias en Estados Unidos (enero-agosto) en un escenario interno particularmente adverso para el presidente Donald Trump. Las elecciones generales se celebrarán el martes 3 de noviembre de 2026. El contexto internacional tampoco le resulta favorable: las decisiones adoptadas en relación con sus socios comerciales han generado un rechazo generalizado y han incentivado a varios países a buscar nuevos mercados de intercambio ante la imposición de aranceles por parte del mandatario estadounidense.
El papel de Estados Unidos como potencia mundial atraviesa un momento decisivo en su intento por conservar el liderazgo global. La relación con Israel ha incrementado su desgaste tanto interno como externo, especialmente a raíz de los acontecimientos en la Franja de Gaza. A ello se suma su política contra la población migrante, que ha provocado un rechazo significativo incluso entre ciudadanos estadounidenses, no solo por razones humanitarias, sino también por el impacto negativo en sectores empresariales que enfrentan escasez de mano de obra, particularmente mexicana y latina.
Lo que está en juego. La Cámara de Representantes —equivalente a la Cámara de Diputados en México— está integrada por 435 escaños. Actualmente, el Partido Republicano, al que pertenece Trump, cuenta con 220, mientras que los demócratas tienen 212. Esta mayoría republicana controla la llamada cámara baja, elige al Speaker (presidente de la Cámara) y dirige la agenda legislativa. En 2026 se renovarán los 435 escaños. Por su parte, el Senado está compuesto por 100 miembros: 53 republicanos, 45 demócratas y dos independientes. En esta elección intermedia —de mitad de mandato— estarán en disputa 34 escaños senatoriales.
Donald Trump, a diferencia de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, registra una desaprobación nacional que oscila entre el 53 y el 56 por ciento. Entre los votantes jóvenes, el rechazo alcanza aproximadamente el 69 por ciento. En materia migratoria, su aprobación ronda apenas el 39 por ciento, reflejo del amplio rechazo a su política en este rubro.
Estos indicadores muestran un gobierno dividido y con bajo respaldo popular. Puede tratarse de una fotografía del momento, pero el estilo de gobierno del presidente hace poco probable que estos indicadores se modifiquen sustancialmente en el corto plazo. Aun si la aceptación de su gobierno mejorara, los costos políticos parecen ya estar definidos. Si Trump y el Partido Republicano pierden las elecciones del 3 de noviembre, perderán el control del Congreso, lo que marcaría el ocaso de lo que se considera la era Trump.
La reacción hacia México podría utilizarse como apalancamiento electoral, con el riesgo de que los votantes latinos se alejen aún más del Partido Republicano. Trump fue un fenómeno electoral en un contexto donde amplios sectores sociales buscaron refugio ante la caída del nivel de vida bajo gobiernos tanto republicanos como demócratas. Sin embargo, el ejercicio de gobierno no cumplió esas expectativas: no fue el líder sereno ni experimentado capaz de impulsar la economía, el empleo ni de fortalecer la posición internacional del país.
Estados Unidos es hoy el país más endeudado del mundo y ya no es la única potencia militar indiscutible, como ha quedado en evidencia con la guerra entre Rusia y Ucrania, donde el uso de armas hipersónicas por parte del presidente Vladimir Putin sorprendió al mundo. En el comercio internacional enfrenta competidores como China e India, cuyas estrategias difieren profundamente de las políticas impositivas estadounidenses. Además, el desprecio por el derecho internacional ha debilitado su autoridad global. En muchos casos, el único límite parece ser la propia moral del presidente, en el sentido que esta tenga.
Pero atención: Trump tiene el micrófono; ataca por igual a socios y adversarios. México debe mantenerse alerta.










