El activo más valioso del TMEC nunca fue el tratado
Una empresa puede trabajar con reglas exigentes, aranceles altos e incluso márgenes reducidos, siempre que sepa a qué atenerse. Lo que difícilmente puede administrar es un horizonte que cambia antes de que termine de calcularlo.
Esa es la dimensión financiera de la revisión del TMEC que comenzará una nueva ronda el próximo 20 de julio. México llega con avances concretos; uno, los asuntos pendientes con Estados Unidos pasaron de 54 a 14, y dos, la agenda se ha concentrado en temas sensibles como acero, aluminio, sector automotriz, medidas unilaterales, seguridad económica y certidumbre para la inversión. El progreso técnico es relevante. También lo es reconocer que, fuera de la mesa de negociación, miles de empresas ya están tomando decisiones bajo un escenario menos predecible.
Ojo; la incertidumbre no aparece en los estados financieros como un impuesto, pero termina comportándose como uno. La incertidumbre eleva el rendimiento exigido a un proyecto, encarece el financiamiento, obliga a construir escenarios adicionales y reduce el apetito por comprometer capital durante periodos largos. Ninguna de esas consecuencias requiere que el tratado desaparezca. Basta con que sus condiciones futuras permanezcan abiertas demasiado tiempo.
Una planta industrial no se diseña con el calendario de una ronda comercial. Tampoco un centro logístico, una ampliación automotriz o una inversión en manufactura avanzada. Son proyectos que recuperan capital en diez, quince o veinte años. Cuando el marco que determina acceso a mercados, reglas de origen o costos arancelarios debe revisarse cada doce meses, el consejo de administración no necesariamente cancela la inversión. Hace algo más discreto y quizá más dañino: espera.
Y creo que la espera rara vez produce una noticia. No corta listones ni genera comunicados. Simplemente aplaza compras de maquinaria, contratación de personal, expansión de proveedores y solicitudes de crédito. El capital que no encuentra claridad no siempre abandona el país; muchas veces simplemente permanece inmóvil mientras compara otras opciones. Para una economía que necesita inversión productiva, ese retraso también representa una pérdida.
En el TMEC, México conserva ventajas difíciles de replicar, claro. Tiene cercanía con Estados Unidos, capacidad manufacturera, infraestructura exportadora, cadenas de suministro profundamente integradas y una base empresarial que conoce el mercado norteamericano. Ninguno de esos activos desaparece por una revisión comercial. El problema que yo veo, es que las ventajas estructurales dejan de ser suficientes cuando el horizonte regulatorio se vuelve demasiado corto.
La negociación, por tanto, ya no debe medirse únicamente por el número de asuntos resueltos. Reducir una agenda de 54 a 14 temas es un avance importante, pero el verdadero indicador será la capacidad para devolver previsibilidad a quienes deben invertir. Una empresa no necesita que todo le resulte favorable. Necesita saber qué reglas enfrentará, durante cuánto tiempo y bajo qué mecanismos podrán modificarse.
Ese matiz es fundamental. La inversión puede adaptarse a mayores requisitos de contenido regional, controles más estrictos o nuevas obligaciones laborales. Lo que castiga es la revisión permanente, porque impide distinguir entre una condición definitiva y una presión temporal de negociación.
Desde mi perspectiva, México también debe evitar una lectura complaciente. Su posición geográfica y comercial es privilegiada, pero no convierte al país en destino automático. India, Vietnam, Europa del Este y otras economías emergentes compiten por proyectos que hace algunos años parecían encaminados naturalmente hacia Norteamérica. Cada mes de indefinición abre espacio para que otra jurisdicción presente una propuesta más clara, aunque no necesariamente más barata.
La mejor estrategia mexicana no consiste en dramatizar la revisión, pero tampoco minimizarla. Consiste en reducir cuanto antes el costo de la duda. Eso exige acuerdos técnicos, comunicación precisa con los sectores productivos y una agenda interna que refuerce energía, logística, infraestructura y certeza regulatoria. El TMEC puede ofrecer acceso preferencial, pero ninguna cláusula sustituye la capacidad de ejecutar proyectos.
El 20 de julio será importante (esencial), aunque no por la fotografía de los negociadores ni por el número de capítulos discutidos. Importará porque cada avance o retroceso modificará cálculos financieros que ya están sobre la mesa de miles de empresas.
El tratado sigue vigente y el comercio continúa. Sin embargo, para la inversión no basta con saber que las reglas existen hoy. Necesita confiar en que seguirán siendo reconocibles mañana.
Ese es el costo invisible que México debe contener antes de que la espera se convierta en una decisión definitiva.





