El algoritmo define elecciones
Uno de los principales desafíos que enfrenta la democracia es la capacidad de la inteligencia artificial para diseñar plataformas políticas e influir en los resultados electorales. En el ámbito nacional, Morena debería competir con los demás partidos que integran el sistema político mexicano. Sin embargo, reducir la disputa a esa lógica puede resultar insuficiente para comprender la lucha por el poder. La Cuarta Transformación (4T) es uno de los pocos movimientos progresistas que ha logrado mantenerse en el poder y, por ello, se ha convertido en un actor incómodo para la derecha internacional.
Hoy el país se encuentra dividido en dos grandes frentes. De un lado está la 4T; del otro, un bloque opositor integrado por organizaciones empresariales, grupos sociales, medios de comunicación y los partidos PAN, PRI y Movimiento Ciudadano. Aunque estos actores no siempre coinciden entre sí, comparten su rechazo al modelo de Estado de bienestar impulsado por el gobierno de la 4T.
Si la competencia se limitara a los partidos, la ventaja favorecería a Morena y a la 4T. Las capacidades de movilización son marcadamente desiguales. Además, estos partidos enfrentan un desgaste interno que difícilmente podrán superar en el corto plazo. Su principal fortaleza radica en que son instituciones consolidadas, con prerrogativas y recursos suficientes para mantenerse competitivas, pese a sus problemas estructurales. Esa condición les permite articular apoyos y conformar un bloque opositor.
No existen varios bloques, como con frecuencia se afirma. La 4T debe comprender que enfrenta a un solo bloque, organizado en distintos frentes, que ha adoptado el algoritmo como principal mecanismo de desgaste político a través de las redes sociales, mediante la difusión de contenidos dirigidos a sectores específicos de la población.
Las recientes elecciones presidenciales en Colombia ofrecen un ejemplo de la eficacia de esta estrategia. En México, la presión del algoritmo apunta a desplazar del poder a la 4T o, al menos, a debilitarla hasta obligarla a negociar decisiones fundamentales. En un escenario así, el ejercicio pleno del poder deja de existir. El algoritmo opera a escala internacional y está dominado por empresarios que controlan las grandes bases de datos.
Todo comienza con acciones aparentemente simples. Ya no predominan los tradicionales “cuartos de guerra”, donde se analizaban encuestas, gráficas y escenarios electorales. La disputa por el poder se libra ahora en otro terreno. En México, puede observarse un ejemplo reciente: un empresario que durante años evitó el pago de impuestos fue obligado a cumplir con sus obligaciones fiscales y, desde entonces, se ha consolidado como uno de los principales opositores de la 4T.
Después vino la inauguración del Mundial. Los altos costos de los boletos hicieron que el público asistente perteneciera, en su mayoría, a sectores de mayores ingresos. En ese contexto se impulsó una campaña para presionar a la presidenta Claudia Sheinbaum a asistir al evento, con la expectativa de que fuera abucheada por una parte del público.
Sheinbaum decidió regalar su boleto y no asistir. El empresario enfrentado con la 4T sí estuvo presente. Durante el evento, un asistente anónimo le gritó “perrita de Trump”. La frase se viralizó de manera orgánica y marcó la conversación pública. El contraataque consistió en difundir una publicación sobre una supuesta relación sentimental entre el escritor Carlos Monsiváis y el expresidente Andrés Manuel López Obrador. ¿Era verdad o mentira? Eso resultaba secundario. El propósito era desplazar la conversación y sustituir la narrativa de “la perrita de Trump”.
El episodio demuestra que el algoritmo ya es un actor político. Hoy no solo compite contra la 4T: se ha convertido en el principal aliado estratégico de la derecha.










