El caso Argentina. Ojo México
El presidente argentino, Javier Milei, al tomar posesión se lanzó contra el modelo económico ejercido por sus antecesores. Quitó las ayudas sociales, dejando los mínimos de subsistencia para los pobres y marginados. Modificó la educación pública, complicando el acceso a los jóvenes a las universidades. Su política económica se basó en la motosierra, llegando al extremo de reducir las pensiones y la ayuda a los comedores populares. A pesar de esas acciones en contra de los más necesitados, Milei ganó las elecciones legislativas con casi el 41 por ciento, con su movimiento la Libertad Avanza. El bloque opositor, Fuerza Patria, obtuvo poco más del 31 por ciento.
Con estos resultados, el presidente argentino podrá impulsar las reformas constitucionales de su modelo económico de la motosierra. Lo más importante para él y sus seguidores de la élite argentina es que logran las garantías que los Estados Unidos (EU) exigían para otorgar créditos millonarios urgentes para el rescate de la economía nacional. No va a beneficiar a la mayoría de los argentinos, pero sí al presidente Donald Trump y a la minoría privilegiada local. Ganar las elecciones legislativas era el requisito que pedía Washington para enviar 40 mil millones de dólares de crédito para estabilizar la economía nacional. De ahí que se diga que ganó Trump y perdieron los obreros, campesinos y los marginados argentinos.
¿Por qué perdió la opción progresista? Simple, no tuvieron oferta política que convenciera a los votantes. Carecieron de un proyecto de nación que despertara una esperanza de vivir mejor. No basta con decir ser progresista. Es necesario ofrecer propuestas de acceso al trabajo, la educación, servicios médicos y la comida en la mesa de los desvalidos. El peronismo y el kirchnerismo ya no son suficientes. Insistieron en figuras sin vínculos generacionales actuales y no estuvo de acuerdo el votante. Creyeron que eran suficientes las afectaciones que padece el pueblo desde que llegó Milei y se equivocaron.
Repetir las mismas figuras en la continuidad a un movimiento termina por cansar a los votantes. Evo Morales en Bolivia es otro caso para reflexionar. Los gobiernos progresistas latinoamericanos se aferran a una estación del tiempo de su época, pero las generaciones cambian, su realidad es diferente a la que vivieron sus abuelos y padres que pasaron por momentos de crisis, persecución política, autoritarismo y de la ausencia de libertad de expresión. Cuando esos jóvenes ven a un personaje que fue impulsor de los cambios que a ellos benefició, pero su actuar ocurrió hace 30 años, se rompe la identidad. El grave problema de los movimientos progresistas es la permanencia de las figuras fuertes o emblemáticas que no dejan crecer a otros, impiden la formación de cuadros dirigentes capaces de dar frescura al activismo político.
En Brasil regresó Lula, fue a las elecciones y recuperó al Brasil. Pero si no hubiera sido él, no se veía quién del movimiento hubiera vencido al presidente derechista, Jair Bolsonaro. En Venezuela, el presidente Hugo Chávez, preparó a su sucesor, lo tuvo cerca y, al momento de su retiro involuntario, heredó la fuerza popular del chavismo a Nicolas Maduro. La larga permanencia del sucesor ha sido su máxima debilidad. El bloqueo económico y la presión política ejercida por los E.U. ha incrementado el desgaste del mandatario venezolano. Sumado a ello, en un contexto de derrota de los E.U. en las guerras de Israel y Ucrania, Maduro es blanco del activismo internacional del presidente Trump que quiere el petróleo venezolano, aunque sea a través de una invasión militar.
La vigencia de los movimientos progresistas no es para siempre.










