La aventura de Ricardo Anaya de ser candidato presidencial a cualquier costo, no sólo le provocó un daño enorme a su partido, sino al país.
Tenemos a la vista las primeras consecuencias.
Anaya fue el que dio la instrucción a los senadores de su partido para echar atrás el nombramiento de Raúl Cervantes como Fiscal General de la Nación, por el prurito coyuntural de enfrentarse al PRI y ganar fama de duro entre los suyos y el electorado en general.
Por ese desplante, hoy tenemos a un fiscal que responde a las instrucciones del presidente en turno, que no es precisamente un demócrata.
Alejandro Gertz posee múltiples virtudes profesionales y personales, pero tiene un jefe y se llama Andrés Manuel López Obrador.
Él lo propuso, él lo va a quitar cuando lo estime conveniente o se insubordine.
La ley no se aplica a los aliados del presidente, y sí recaerá contra sus opositores. Al tiempo.
Cervantes tenía el beneplácito de todos, incluidos los panistas, era garantía de profesionalismo y objetividad. No le debería el cargo al presidente en turno.
Ricardo Anaya frenó la reforma legislativa para prohibir a los presidentes de los partidos hacerse propaganda personalizada.
Con tal de aparecer él en los millones de spots del PAN previo a la selección del candidato presidencial, y así tomar ventaja sobre Margarita Zavala y Rafael Moreno Valle, la ambición de Anaya dejó el camino libre al líder de Morena, Andrés Manuel López Obrador.
Es cierto que AMLO inició la carrera desde mucho antes, al usar los spots del PT y luego de Morena para hacerse propaganda, pero cuando se pudo poner un freno a ese abuso, Anaya no quiso.
Todo fue hacer cálculos de conveniencia personal, a costa de su partido y del país.
Ricardo Anaya jamás quiso concentrar su campaña contra el puntero, López Obrador, y lo dejó ir caminando solo rumbo a la meta.
Si el abanderado panista hubiera hecho lo que tenía que hacer, enfocarse a destacar los riesgos que significaban AMLO y su partido para el país, difícilmente Morena habría obtenido la mayoría aplastante que alcanzó el 1 de julio pasado.
Hoy tenemos una serie de iniciativas de ley que son aprobadas porque Morena tiene mayoría y la ejerce sin importar el daño que van a provocar a las actuales y próximas generaciones.
Aunque la oposición puede frenar la reforma constitucional que echa abajo la reforma educativa, por ejemplo, a Morena le basta con derogar la Ley del Servicio Profesional Docente para dejar inservible la reforma.
Ese error es obra del presidente y de su partido, sin duda, pero lo pueden concretar gracias a Anaya, que nunca enfocó sus baterías contra AMLO y Morena, salvo en algunos esporádicos pasajes de los debates.
Ricardo Anaya lanzó una guerra a muerte contra el PRI, que sus seguidores y los panistas asumieron como si ese partido fuese el riesgo principal para la democracia, las libertades y la economía.
No quiso ver dónde estaba el verdadero peligro para México y equivocó los dardos.
Ese error de campaña lo vamos a pagar la mayoría de los mexicanos, en el presente y en el futuro, por la dificultad para hacer un frente común entre las fuerzas democráticas del país.
La oposición está completamente dividida, y eso le da carta blanca al gobierno para hacer y deshacer sin contrapesos que le encarezcan sus errores y dislates, como el apoyo a Nicolás Maduro.
Ni en broma podría cuajar, por ejemplo, una alianza en Puebla para frenar a Morena.
Ricardo Anaya dañó severa e irremediablemente a su partido, Acción Nacional, al marginar a cuadros extraordinarios nada más por el capricho de su candidatura presidencial.
Hoy algunos panistas hacen esfuerzos titánicos, en la Cámara de Diputados y en el Senado, por plantarse con argumentos y aplomo ante los retrocesos históricos que conllevan nombramientos y leyes promovidas por el gobierno.
Es encomiable, pero están débiles porque se dividieron. Los dividió Anaya.
Y de paso los llevó a la peor derrota electoral desde que hay elecciones en el México moderno.