El hombre de la presidenta
El principal tema en la agenda nacional y, por vecindad con los Estados Unidos (EU) binacional, es el crimen organizado en su variante del narcotráfico. Desde hace décadas, al menos desde los años setentas, el tráfico de drogas es un delito utilizado en contra de México, por los sucesivos presidentes norteamericanos como amenaza latente. Es una forma de intervencionismo actuante que registra distintos niveles de intensidad, según sea el caso, la temporada o el humor de los mandatarios de los EU. Nunca han hablado del consumo, solo del tráfico de la droga por territorio mexicano. El activismo en contra de México crece en tiempo de elecciones intermedias o presidenciales.
En primer lugar, fueron los cárteles colombianos los que movían grandes cantidades de cocaína, a la par que Bolivia y Perú se convertían en los principales productores de esa droga que, en sociedad con criminales colombianos, la introducían en el mercado más grande de consumo que son los EU. Para esa época los cárteles mexicanos funcionaban como burreros o cargadores que cobraban en dólares, luego fue en especie, hasta quedarse con el control del envío de drogas a ese país, Europa, Asia y África. Durante un tiempo, el país vivió bajo el riesgo de perder la certificación que el vecino del norte otorgaba si consideraba que lo hecho en contra del narcotráfico era de su agrado. Un momento de tensión fue cuando ocurrió el asesinato del agente de la DEA, Enrique Camarena Salazar, a manos de miembros del cártel de Guadalajara. Primero de su tipo en México. El presidente Miguel de la Madrid sufrió presiones por el tema, al grado de pasar humillaciones constantes por el discurso intervencionista de los políticos de la Casa Blanca. Demócratas o republicanos es lo mismo para México.
Hacia el interior del país, la violencia que provoca la lucha por las rutas del narcotráfico ha dejado miles de muertos, desaparecidos, heridos, familias destruidas, regiones abandonadas y un constante éxodo de poblaciones amenazadas por los grupos criminales. Tamaulipas, Jalisco, Sinaloa y Michoacán son entidades que han sido terreno de disputa entre organizaciones mexicanas del crimen trasnacional. Siete sexenios de lucha del Estado en contra de ellas y el éxito ha sido mínimo. La percepción es de derrota moral de la sociedad. Lejos de bajar el nivel de violencia, a cada detención de criminales se multiplican sus formas de operación.
En todo esto, surge la figura del hombre clave de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Lo tuvo como secretario de Seguridad Pública cuando fue jefa de Gobierno de la Ciudad de México y dio resultados; tan es así que si AMLO y Morena lo hubieran apoyado como candidato a jefe de Gobierno de la Ciudad de México habría ganado de calle a la oposición. Su carta de presentación fue la percepción que la ciudad era más segura. Ahora es el secretario de Seguridad Pública del país y funge como un aliado estratégico para la presidenta en la generación de información clave de inteligencia, tanto de seguridad como de figuras públicas afines como opositoras. Pocos tienen el nivel de información como Omar García Harfuch. Si hay dudas, pregunten al “señor no pago impuestos”.
La crítica a su trabajo es favorable. Gusta a las mujeres, es el Batman de la seguridad pública. En los EU no lo ven mal, aunque con ellos nunca se sabe. Ya es uno de los finalistas a la presidencia. Como me dijo un general del Ejército Mexicano al referirse al gobernador Peña Nieto: ese hombre ya es presidente de México, solo debe cuidar que no lo maten.










