El problema en México ya no es la inflación, sino el crecimiento
La economía mexicana aprendió a convivir con la incertidumbre. Resistió la pandemia, soportó el impacto inflacionario global, mantuvo estabilidad cambiaria y logró sostener la confianza de los mercados en medio de un entorno internacional volátil y agresivo. Sin embargo, los desafíos económicos cambian. Y el principal ya no parece estar en los precios; ahora está en el crecimiento.
La economía mexicana crecerá apenas 1.1% en 2026. Y no, esta cifra no anticipa una crisis, pero sí revela que el país comienza a perder velocidad en un momento en el que necesita acelerar.
Porque una economía puede mostrar estabilidad financiera y, al mismo tiempo, enfrentar un deterioro gradual de su capacidad para generar bienestar.
Creo que México mantiene fortalezas importantes, que valen y hay que tomar en cuenta. Conserva una inflación relativamente controlada, un sistema financiero sólido, una política monetaria creíble y una integración comercial privilegiada con Estados Unidos. Además, el nearshoring continúa posicionando al país como un destino atractivo para la relocalización de cadenas productivas.
Todo eso está muy bien; el problema es que ninguna de esas ventajas garantiza crecimiento sostenido.
Tenemos en la mesa que, la inversión productiva sigue siendo insuficiente para detonar una etapa de expansión más dinámica. La productividad permanece estancada desde hace años. La infraestructura energética enfrenta limitaciones crecientes. La informalidad supera la mitad de la población ocupada y la incertidumbre regulatoria continúa retrasando decisiones de inversión de largo plazo.
En otras palabras, México mantiene estabilidad macroeconómica, pero enfrenta restricciones estructurales que limitan su capacidad de crecimiento. Ahí se encuentra la discusión de fondo.
Durante décadas, la economía mexicana aprendió a valorar la estabilidad como un objetivo en sí mismo. Y por supuesto que no es un logro menor. La disciplina fiscal, la autonomía del Banco de México y la apertura comercial permitieron construir una economía más resistente frente a los choques externos.
El punto sobre la i es, cuando la estabilidad deja de ser una plataforma para crecer y se convierte únicamente en un mecanismo para resistir. Y resistir ya no es suficiente. Lo considero incluso peligroso.
Una economía que crece alrededor del 1% enfrenta mayores dificultades para generar empleos de calidad, ampliar la recaudación, financiar infraestructura y sostener programas sociales sin incrementar la presión sobre las finanzas públicas.
Si bien es cierto que, crecer poco no es retroceder, también tiene altos costos. Reduce oportunidades de movilidad social, limita la inversión privada, desincentiva la innovación y estrecha el margen de maniobra del Estado para financiar proyectos estratégicos o responder a escenarios adversos.
Por eso, la conversación (y ejecución) económica de los próximos años ya no debería concentrarse exclusivamente en controlar la inflación o preservar la estabilidad macroeconómica. La pregunta central es otra: ¿qué necesita hacer México para crecer más y crecer mejor?
Creo que la respuesta obliga a mirar variables que suelen quedar fuera del debate cotidiano, como la productividad, la infraestructura, energía, capital humano, estado de derecho, simplificación regulatoria y formalización económica.
Ninguna de ellas ofrece resultados inmediatos. Todas requieren visión de largo plazo.
El alto riesgo es conformarnos con una economía que funciona razonablemente bien, pero que avanza demasiado lento para atender las necesidades de una población que demanda mejores ingresos, mayor bienestar y más oportunidades. Y claro, en un planeta que avanza muy rápido. La oportunidad, sin embargo, sigue ahí.
Pocas veces México había contado con una combinación tan favorable de factores externos, ojo aquí: integración con Norteamérica, reconfiguración de cadenas globales de suministro, atractivo manufacturero y una posición geográfica privilegiada.
Pero las oportunidades no se convierten automáticamente en crecimiento; necesitan inversión, certidumbre y capacidad de ejecución.
Desde mi perspectiva, el gran desafío económico de México ya no consiste en demostrar que puede resistir la volatilidad internacional. Esa prueba ya la superó. El desafío ahora es demostrar que puede crecer por encima de sus propias limitaciones estructurales.
Porque una economía puede mantenerse estable durante mucho tiempo. Lo que no puede hacer indefinidamente es acostumbrarse a crecer cada vez menos.










