El reverso de la moneda
De Tormenta Negra a la ira al volante: El desafío de la movilidad en nuestra sociedad.
En la incesante marea de la vida urbana, mis traslados diarios por la Ciudad de México son una especie de intento por imponer orden al caos, por optimizar el tiempo, por llegar sano y salvo a mi destino. Para lograrlo, he aprendido a utilizar el medio que mejor se ajuste a la ocasión. Aunque, con estas maravillosas lluvias del temporal, esa flexibilidad a menudo me cobra un precio: una camisa empapada cuando elijo mi bicicleta o patín eléctrico. Para el gobierno, atender el derecho humano a la movilidad de millones de almas que se mueven cada día es un desafío de proporciones épicas. Pero para nosotros, los ciudadanos, es nuestra vida diaria.
El concepto de movilidad es un prisma a través del cual podemos entender nuestra realidad. No es una idea plana, sino una con múltiples dimensiones que se entrecruzan y se reflejan mutuamente. Para mí, la movilidad tiene tres grandes vertientes: la física, la social y la urbana.
La primera es la movilidad física: el derecho inalienable de cada persona a transitar por el mundo. El impulso a moverse de un territorio a otro, a buscar una vida mejor, a encontrar la felicidad. Es la manifestación más pura de la libertad, el mismo motor que empuja a los migrantes en sus valientes y dignos éxodos.
La segunda es la movilidad social: la capacidad, o la falta de ella, para cambiar de posición en la escala socioeconómica a lo largo de nuestras vidas. Es la historia de un ascenso o un descenso, de la lucha por una oportunidad que puede o no llegar.
La tercera es la movilidad urbana: el ritmo cotidiano de nuestra ciudad. El ballet de vehículos, la sinfonía del transporte público, el ir y venir de bicicletas y la marea de peatones que definen el pulso de la metrópoli.
Mi patín eléctrico, al que cariñosamente he bautizado como Tormenta Negra (una genialidad de mi hija), se ha convertido en mi fiel compañero para los trayectos cortos. Es una extensión de mi voluntad, como en su momento lo fueron los caballos para los grandes personajes de la historia. Pienso en Pancho Villa y su legendario Siete Leguas, o en Alejandro Magno y su corcel Bucéfalo. La semana pasada, Tormenta Negra y yo vivimos una experiencia que me obligó a detenerme y reflexionar.
Llegué a una cita en un lugar muy elegante y, al llegar a la entrada, me acerqué al botones. Con toda amabilidad, le pregunté si había un lugar seguro para resguardar mi patín. Su respuesta no fue verbal, sino una mirada de desprecio, un escaneo de arriba abajo que me despojó de mi corbata y mi saco en un instante. Con frialdad, me dijo que no y me indicó que le preguntara al valet parking. Me dirigí a ellos, con la esperanza de un trato diferente, pero me encontré con la misma pared. El valet me negó el servicio con un gesto que replicaba el desdén de su compañero. A pesar de ir vestido impecablemente, con la mejor intención y la mejor educación, mi medio de transporte me había catalogado. Era, a sus ojos, alguien que no merecía la dignidad de sus servicios.
Logré dialogar y, finalmente, conseguí resguardar a Tormenta Negra. Pero no era la primera vez. He notado que cuando llego en bicicleta o patín a ciertos lugares, sin importar si son elegantes o no, el trato del personal de seguridad o porteros cambia. Es un desprecio sutil pero hiriente.
Esa situación desató un torbellino de preguntas en mi cabeza: ¿Es este el trato que reciben los repartidores que, día a día, navegan la ciudad en sus bicicletas? ¿Debería existir una ley que obligue a los establecimientos a ofrecer espacios para todo tipo de vehículos, no solo para los automóviles? ¿Qué papel debe tomar el gobierno para promover una movilidad verdaderamente integral y equitativa? ¿Y por qué, como sociedad, no hemos logrado concientizar sobre la importancia de las alternativas al coche?
En medio de esas preguntas, mi mente conectó con algo más profundo, una observación sobre la naturaleza humana que va más allá del transporte. Recordé el llamado síndrome Stephen Candie, ese personaje de la película Django Unchained que, siendo esclavo, se identificaba tanto con su amo que despreciaba a sus iguales. Es una paradoja del servilismo, un reflejo de cómo las estructuras de poder pueden pervertir nuestra empatía. Vi algo de ese síndrome en la mirada de aquellos botones y valets. Una lealtad malentendida que los hace ver a otros como inferiores.
A pesar de estas barreras, no me rendiré. Seguiré utilizando a Tormenta Negra, la bicicleta, el metrobús y mis propios pies para moverme. Para mí, el automóvil se ha convertido en una jaula de lata, una prisión que no solo contamina el aire, sino que también desata la furia y la ira, transformando al ciudadano más pacífico en un conductor iracundo.
El gran pendiente de nuestra sociedad, creo yo, es entender la movilidad en su totalidad. No solo como una cuestión de logística o de derechos, sino como un pilar fundamental de nuestro bienestar y felicidad. El gobierno tiene la responsabilidad de crear la infraestructura, pero nosotros, los ciudadanos, tenemos el deber de cambiar nuestra mentalidad, de asimilar el papel que jugamos en este gran concierto y de reconocer que una movilidad más consciente es la llave para vivir en un mundo más feliz.
"El hombre ha nacido libre, y por doquiera se encuentra sujeto con cadenas." — Jean-Jacques Rousseau, El contrato social.





