El reverso de la moneda / Bestiario de la política mexicana "el mapache electoral”
El mapache es un animalito simpático de la familia de los prociónidos, conocido por su pelaje denso y su distintiva máscara oscura. Tienen fama de ser inteligentes y traviesos, con la habilidad de usar sus pequeñas manos de manera casi prodigiosa. Su antifaz, que aparenta ser un antifaz de bandido alrededor de sus ojos, los hace parecer listos para cometer sus fechorías, como si fueran personajes salidos de una caricatura antigua. Esta imagen, a medio camino entre la ternura y la pillería, ha servido de base para acuñar uno de los términos más oscuros y persistentes del léxico político mexicano.
En la política mexicana existen innumerables personajes que se dedican a desarrollar distintos roles en el complejo concierto de la administración pública y del juego político. Sin embargo, en el periodo crucial de campañas electorales y, sobre todo, durante la jornada de votaciones, es de primordial, aunque ignominiosa, importancia el papel que juegan los llamados mapaches electorales. No son simples militantes o voluntarios; son, en esencia, los operadores de la trampa.
Estas personas, especialistas en fraudes electorales, entienden las reglas del juego no para seguirlas, sino para subvertirlas. Cada que hay un periodo de votaciones, aparecen en la escena pública, agazapados en la periferia de la legalidad, como lo hacen los verdaderos mapaches con sus antifaces que cubren la cara y frotando sus manitas, listos para cometer sus fechorías. Su misión es clara: alterar la voluntad ciudadana en favor de quien los contrata y les paga bien por su servicio. Su modus operandi es una mezcla de astucia callejera y conocimiento técnico de las grietas del sistema.
Es un mito muy extendido, y peligrosamente optimista, creer que una elección se gana con base en todo el trabajo previo que realice el candidato: los recorridos extenuantes, las reuniones de convencimiento, la solidez de las propuestas, el debate de ideas. No. La verdad descarnada que dictan los hechos en nuestro país es que una elección se gana en gran parte debido a las acciones que se realicen el día de la elección. Como bien dicen los versados en el tema y en las artes oscuras de la operación electoral: el que mueve, gana.
Pero, ¿qué significa realmente esta lapidaria frase? Esta sentencia resume la creencia, convertida en práctica perversa, de que los esfuerzos titánicos que se realicen en el mismo día de la elección para llevar gente a las casillas y que emita su voto -ya sea de forma voluntaria o coaccionada- tendrán mayores probabilidades de ganar la elección. Se trata de no respetar la libre voluntad del ciudadano de salir y votar por convicción propia, sino de movilizar a los votantes como si fueran ganado, orquestando una compleja logística de transporte, promesas o amenazas. En estas actividades de movilización sucia y coactiva, el mapache es el experto más cotizado.
Pero en torno a esta inmoral e ilegal movilización de los votantes, el repertorio de los mapaches es vasto y creativo. Existe una serie de trapacerías complejas, una nomenclatura del fraude que avergüenza a cualquier sistema democrático, en la que los mapaches son verdaderos maestros. Entre sus hazañas más notorias y temidas se encuentran las infames urnas embarazadas (llenar la urna con votos falsos antes de abrir la casilla), el robo de urnas (sustracción violenta de los paquetes electorales), el temido ratón loco (mover ilegalmente a votantes de una casilla a otra para desequilibrar la balanza), la operación tamal (donde se entregan boletas ya marcadas para iniciar una cadena de intercambio de votos), y una larga y vergonzosa lista de mapacherías que demuestran una falta absoluta de ética y respeto por la ley.
Es fundamental hacer una distinción tajante: los mapaches, esos animalitos peludos, tiernos y muy inteligentes, son parte esencial del ecosistema natural. Son criaturas fascinantes, dignas de estudio y admiración. Por el contrario, las personas que son mapaches electorales no son nada de esto. Ellos son, lisa y llanamente, delincuentes electorales que sacan una ventaja desmedida e ilegítima de los procesos democráticos. Ellos son bien pagados por cometer estos delitos, con dinero que a menudo proviene de las arcas públicas o de dudosos intereses privados, y al final, con sus acciones, alteran los resultados que deberían reflejar la voluntad soberana de la población.
Mientras que los mapaches del reino animal son nocturnos y omnívoros, muy diestros con sus manos para buscar su sustento en la naturaleza, los mapaches electorales son, en esencia, muy sucios en sus métodos, sinvergüenzas por su descaro al operar en la ilegalidad, y unos delincuentes que, en el peor de los casos, roban el futuro de la democracia de una nación entera. Son la anti-voluntad, el reverso más oscuro de la moneda de la participación ciudadana. Y la verdadera tragedia es que, elección tras elección, siguen operando a plena luz del día, amparados por la impunidad.










