El reverso de la moneda/Experto en gobierno y asuntos públicos
Anclas en la Injusticia, Velas en la Esperanza; las ciudades – puerto
Hace algunos días estuve, por motivos laborales, en una ciudad porteña. En este lugar, la hermosura del mar solo es superada por la actitud ante la vida que tienen los costeños. Sus habitantes siempre son alegres y afrontan la existencia como afrontan el mar: sin miedo, pero con respeto; con admiración y agradecimiento por el sustento, y con un cariño y melancolía que las olas, en su vaivén, reciben y se llevan a las profundidades.
Esta ciudad cuenta con condiciones geográficas ideales para un puerto: abrigo natural contra el oleaje y los vientos (bahías o estuarios), calado profundo para el acceso de grandes buques y una costa estable que permite la construcción de infraestructura. Además, posee conexión estratégica con el interior y terreno plano para patios de carga.
Esto ha permitido el desarrollo de un puerto marítimo de gran magnitud, un punto neurálgico para el intercambio comercial que transformó la vida del otrora apacible pueblo de pescadores. A lo largo de la historia, los puertos han sido fundamentales para el desarrollo de las civilizaciones; las grandes ciudades y polos de crecimiento siempre se han situado en torno a estos entes económicos. Son gigantes nobles que deberían traer prosperidad a la población.
Sin embargo, el gran problema que surge con este crecimiento —especialmente en países en desarrollo y en México— es que los ciudadanos de los puertos no gozan de la misma bonanza que las empresas instaladas en sus comunidades. Mientras estas facturan miles de millones de dólares, los pobladores solo ven pasar las ganancias a lo lejos.
Los servicios públicos se vuelven insuficientes: salud, seguridad y educación carecen de calidad. Un problema crítico es el agua; el acceso al vital líquido es cada vez más complejo, pues las grandes multinacionales la acaparan y contaminan, mientras los pobladores esperan esperanzados que unas cuantas gotas logren colmar su sed.
Estas corporaciones no pagan impuestos acordes a sus enormes ganancias ni derechos locales en los municipios donde se asientan. Dichos recursos servirían para mitigar los daños que ellas mismas provocan al lucrar con infraestructura pagada por los ciudadanos. Sus unidades desgastan las calles, generan contaminación con desechos mal gestionados y sobrecargan las líneas eléctricas, dejando a la población sin energía. Así, reciben más de lo que aportan, con prácticas alejadas de la ética empresarial que, ante la inacción de las autoridades, se vuelven comunes.
“Un puerto de primera y una ciudad con servicios de tercera”, escuché decir a un lugareño hace más de 25 años, y hoy la frase sigue vigente.
Considero valiosa la creación de un Consejo Ciudadano de Planeación Ciudad-Puerto: un espacio consultivo donde confluyan amas de casa, sindicatos, empresarios, estudiantes, pescadores, académicos, autoridades portuarias, ecologistas y activistas. Allí las ideas de todos serían escuchadas y transformadas en planes de acción y presupuestos reales. La planeación debe ser ordenada y multianual, para que el desarrollo no cambie caprichosamente con cada gobierno en turno.
Este esfuerzo ciudadano debe ser acompañado por los distintos niveles de gobierno para materializar una política pública diseñada por y para la gente.
Espero que los alegres costeños naveguen siempre a sotavento, reclamando el timón de su propio destino. Porque la dignidad no debe ser una isla remota, sino la tierra firme que pisen sus hijos. Que el eco de la Nao de China no sea solo el recuerdo de una riqueza que pasó de largo, sino el recordatorio de que el mar es de quien lo trabaja, lo respeta y lo habita. Que la justicia social llegue finalmente a puerto, impulsada por los vientos de una ciudadanía que, como el océano mismo, cuando se organiza, es una fuerza imparable frente a cualquier tempestad. En busca de esa felicidad que siempre será el sello inalienable de la gente de mar.










