El reverso de la moneda / La tiranía de los bandos políticos
A lo largo de la historia, la política ha sido un escenario de definiciones absolutas. Pareciera que el ser humano, en lo que respecta a sus preferencias y afinidades, siempre está obligado a formar parte de un bando o de otro, sin la posibilidad de habitar el matiz, el punto medio. No se nos permite ser tibios; la norma dicta que hay que ser frío o caliente, tener definiciones rotundas, aunque esto nos obligue a alinear y aceptar ciegamente todo lo que plantea el bando que elegimos. La crítica, por mínima que sea, se convierte en una traición, y las medias tintas simplemente no están permitidas.
Esta dinámica de polarización la hemos visto en todos los ámbitos, desde los rudos contra los técnicos en la lucha libre, hasta las Águilas contra las Chivas en el futbol. Sin embargo, en la esfera política, esta división se torna más profunda y, a menudo, más dañina. La ideología se simplifica en etiquetas: eres de derecha o de izquierda, conservador o liberal, demócrata o republicano, chairo o fifí. Los líderes, que rigen las normas de pertenencia a la afinidad política, no permiten la falta de una entrega total y absoluta a su proyecto. La adhesión se convierte en un rito de fe ciega, donde la duda es castigada con la exclusión.
Entonces, la pregunta inevitable es: ¿dónde queda la libertad del ser humano para elegir de forma autónoma su pensamiento y su actuar? Si nuestra libertad está coartada por los líderes y partidos que definen todo, el individuo se convierte en un simple ente sin pensamiento y sin capacidad de raciocinio pleno. Se nos reduce a un número que solo sirve para engrosar las filas y, lo más grave, a un voto que es útil únicamente en el momento de las elecciones. Fuera de ese instante crucial, no se nos permite disentir ni proponer, so pena de ser catalogados, de inmediato, como un adversario más. El pensamiento crítico se asfixia en el altar de la lealtad incondicional.
Regresando a la elección de los bandos, cada persona es libre de decidir con quién está de acuerdo y a quién apoya. Pero considero que, en la mayoría de los casos, hay múltiples coincidencias que se rechazan de forma automática. Esto no ocurre porque las ideas sean irreconciliables, sino por una costumbre arraigada de rechazar la postura del otro bando, tan solo porque es el adversario. Esta práctica, que puede ser catalogada como obstinación, necedad o cerrazón, genera un empobrecimiento alarmante del debate público. Limita el enriquecimiento de las ideas, los argumentos y los conceptos, y como consecuencia, las decisiones que surgen de estos procesos no son tan valiosas ni tan completas como podrían haberlo sido.
Al rechazar la diversidad de pensamiento, nos encerramos en una burbuja de eco, donde solo escuchamos aquello que confirma nuestras propias creencias. Perdemos la oportunidad de construir puentes, de encontrar soluciones creativas a problemas complejos y de aprender de las experiencias de quienes piensan de manera distinta. La pluralidad no es una amenaza, es el motor de una sociedad sana y progresista. La verdadera fortaleza de una democracia no radica en la unanimidad, sino en la capacidad de debatir y convivir con la diferencia.
La invitación, por lo tanto, es que los ciudadanos que formamos parte activa de los distintos grupos de opinión seamos proactivos y abiertos al diálogo, siempre con respeto. Escuchar otros puntos de vista, aunque no los compartamos, siempre será enriquecedor. No debemos ser cerrados y pensar que nuestro sentir es el único, el más valioso o el que debe prevalecer sobre todas las cosas. En la aceptación de la diversidad de pensamiento radica una verdadera riqueza que construye una sociedad mejor cada día. Es tiempo de dejar de pensar en términos de bandos y de empezar a pensar en términos de soluciones. Es hora de romper con la tiranía de la polarización y recuperar el valor del pensamiento individual para, juntos, construir un futuro más incluyente y próspero para todos.
O, como dirían los jóvenes: elegir un bando y defenderlo a ultranza no está cool, es muy pasado de moda.










