El velo de la indiferencia
El contacto permanente con el dolor de los demás ya no provoca compasión sino indiferencia. Una imagen novedosa suscita curiosidad, reclama la atención. En cambio, algo visto en innumerables ocasiones se vuelve parte del paisaje. Vivimos una serie de situaciones que, de tan frecuentes, ya no nos sorprenden.
A diario vemos personas en la calle lavando parabrisas a cambio de unas monedas, haciendo malabares, vendiendo mazapanes para subsistir. Multitud de vendedores ambulantes ofrecen productos de toda clase en las esquinas o en las entradas del metro. Toda esa precariedad —los datos del tamaño de la economía informal dicen que cerca del 55 por ciento de nuestra actividad proviene de ahí— hace que, por su enorme frecuencia, esos modos de ganarse la vida nos parezcan normales.
Buscar noticias y encontrarse con desapariciones y muertes también es algo dolorosamente cotidiano. Además de las consabidas acciones del crimen organizado, aparecen con mayor regularidad notas que relatan altercados por incidentes menores de tránsito. Los ánimos de muchos están crispados y el recurso a la violencia para dirimir las diferencias se ha normalizado.
Todos los años atestiguamos marchas para denunciar injusticias de todo género: Ayotzinapa, violencia contra las mujeres, desparecidos. Cada uno de esos reclamos se instala como problema pendiente de nuestra sociedad y no se advierten acciones contundentes para lograr resolverlos, crear una conciencia profunda para evitarlos o conseguir una repulsa generalizada que impida que se sigan perpetrando acciones de esa naturaleza.
Algo cambia en una sociedad cuando una conducta anómala puede ser mirada como algo cotidiano. Fibras profundas se trastocan cada vez que dejamos de horrorizarnos ante un mal patente y simplemente lo observamos como un elemento apenas anómalo, pero respecto del cual poco o nada puede hacerse.
Las democracias se desdibujan cuando la pérdida de libertad se vuelve un componente cotidiano de la vida. Perdemos libertad cuando ya no se puede caminar con seguridad por las calles, cada vez que un viaje en carretera reviste cierto riesgo, cuando un accidente de tráfico puede convertirse en una reyerta de dimensiones mayúsculas.
¿Cómo conservar la capacidad de asombro cuando tantas situaciones se presentan con tanta regularidad? La primera respuesta pasa por no aceptar como normal lo que pasa muchas veces. Hay actos recurrentes que son inaceptables o dañinos, la frecuencia no es un criterio suficiente para considerar algo como adecuado o para convertirse en una norma de comportamiento humano.
Es necesario recuperar el sentido crítico. Hace falta reflexionar sobre las consecuencias que tiene para una sociedad caminar en una dirección que impide su fortalecimiento y favorece su destrucción. No podemos mirar indiferentemente aquello que impide el florecimiento de las personas, el cual garantiza la permanencia de la sociedad.
La violencia como sistema de ejercicio del poder devalúa la razón. Es cierto que no se pueden enfrentar algunas amenazas sin recurrir a la fuerza, pero también es verdad que es imposible contener lo inadecuado exclusivamente con el auxilio de la fuerza. Su empleo tiene que ser dirigido por la razón y no puede ser usado por encima de ella.
Mirar hoy a México genera muchas perplejidades. La hora es delicada y no se vislumbra un crecimiento de la sociedad civil. Parece que cada uno de los poderes se atrinchera para incrementar su fuerza. No se atisba la voluntad para una gran conversación donde se genere una cultura capaz de recuperar la aversión a lo inadecuado y el deseo de una vida donde caminar con seguridad sea posible y donde hablar con claridad no suponga riesgos innecesarios.






