El filósofo polaco Leszek Kolakovski conoció en carne propia los efectos de una sociedad donde los hombres y las políticas buscaban ser “absolutamente consecuentes”; es decir de aquellos líderes políticos, gobernantes y opositores que afirmaban actuar exclusivamente conforme su pensamiento y que, sin embargo, no abonaban al humanismo ni a la paz ni a la esperanza; por el contrario, hacían crecer tanto la represión como el terrorismo.

Kolakovski decía que, llevado al extremo, las personas que obran “absolutamente consecuentes con sus ideas” a menudo rayan en la intransigencia, en el dogmatismo y en el deseo de imponer a los demás su propio pensamiento. Y no es difícil imaginar que en estas personas está el fermento de los ‘puros’, los que ‘nunca se equivocan’ y, lo peor, de los que se sienten en capacidad de asumir el papel de inquisidores. ¿Nos suena conocido?

Por supuesto, la sociedad requiere de principios elementales a los que no debe renunciar porque si un valor fundamental (como la dignidad de la vida humana) no es defendido al extremo, sino que puede ser parte de una negociación, entonces se da carta de ciudadanía a una supervivencia inmoral, salvaje y utilitaria. Pero Kolakovski tiene razón en un punto: ¿Vale la pena ser absolutamente consecuente cuando se trata de opciones políticas u opiniones sobre liderazgos ideológicos?

En las últimas fechas, en medio de una crisis sin precedentes, la cual ningún vidente pudo prever ni ningún infalible gurú de mercados pudo anticipar, se ha insistido en que las personas deben obrar en consecuencia con las dificultades de una pandemia aún incontrolable. Esto es correcto, incluso hasta con la posibilidad de ser inconsecuentes con algunas certezas que abrazábamos previamente. Y, sin embargo, no pocas voces siguen en la defensa ultranza de sus obsesivas certezas previas: filias y fobias políticas, obsesiones de mercado, discursos de odio.

¿Por qué es tan difícil suspender el dogmatismo político cuando la humanidad necesita de solidaridad incluso entre las personas y grupos que piensan radicalmente distinto? El principio democrático exige a la ciudadanía apenas una sola certeza: la posibilidad de saberse falible, de reconocer que puede equivocarse y que sólo un amplio y complejo modelo de relaciones sociales nos ayudará a comprendernos como una sociedad en permanente movimiento.

Pongamos ejemplos en esto: El presidente López Obrador ha sido claro en afirmar que es un político consecuente, extremadamente consecuente con la Cuarta Transformación y desde su investidura moral parece desechar toda opinión contraria; es claro que, en esa ruta, la posibilidad de derivar en intransigencia tiende a crecer. Y sus malquerientes no están en mejores condiciones. De igual modo, los más obsesionados críticos al régimen lópezobradorista permanecen consecuentes en sus diatribas, desde sus privilegiadas posiciones claman por un desastre que ellos no verán, mientras gimotean por soluciones que sólo les podrían beneficiar a ellos.

Por fortuna nuestra sociedad no se reduce a estos dos espectros, hay representantes de una zona intermedia, hombres y mujeres que en la crisis hacen un alto a lo que ‘naturalmente’ se espera de ellos o de lo que aprendieron a ser: Mercenarios de la salud que han acordado dar servicio médico a miserables, usureros del infoentretenimiento que ceden sin prejuicio ni límite sus espacios, acaparadores que comienzan a entender el sentido de la donación, administradores de limosnas que se obligan a vivir el sacrificio, incontables ciudadanos traicionados que están dispuestos a confiar nuevamente… generosos inconsecuentes se les podría llamar.

*Director VCNoticias

@monroyfelipe