El horizonte nacional, frágil y sin resistencia

Luis Acevedo Pesquera

El número de contagios provocados por la pandemia del coronavirus y sus consecuencias mortales han expuesto las grandes y graves deficiencias acumuladas en la mayoría de los países sin que el modelo de gobierno adoptado arroje alguna diferencia; solamente la capacidad estratégica de los jefes de Estado y para enfrentar la emergencia ha sido el rasgo distintivo frente a la crisis.


Todos los países se dedicaron a administrar los recursos disponibles en sus territorios y, en algunos casos, a tratar de resolver algunas de las deficiencias más visibles, pero sin promover cambios estructurales en materia de salud, educación, infraestructura o tecnología. Por eso, muy pocos han superado los efectos del virus y son los que están en mejores condiciones para salir del confinamiento y reinsertarse en la nueva dinámica mundial.

En el caso de México ha sido evidente la cortedad de visión del gobierno para entender las consecuencias de una contingencia sanitaria de carácter global a la que se ha trató, primero, de minimizar para no distraer la rentabilidad política de la austeridad presupuestal, para luego soslayar o evadir el problema sanitario con amuletos y con el menosprecio a las medidas de protección individual que, como el cubrebocas, atenuarían el contagio masivo.

Cuando los contagios y las muertes obligaron a que el mundo se confinara, no hubo liderazgo político que expusiera el poderío de un enemigo invisible contra el que no existe vacuna y contra el que solo puede ser contenido mediante el aislamiento personal y social, con todas las consecuencias económicas que eso significa para los hogares y para el país.

Aquí una muestra de esa negligencia política en contra de la población: durante abril 550 mil trabajadores quedaron sin empleo formal, precisamente cuando daba inició la cuarentena en México y las autoridades hablan de otros 350 mil en mayo, que también estaban registrados en IMSS.

Por su parte, el INEGI presentó una imagen más amplia de esta catástrofe al informar que solo en abril se perdieron 12.5 millones de empleos que incluye a los trabajadores formales antes mencionados, pero la mayor parte de los afectados son ciudadanos que sobreviven en la informalidad y son a los que les urge salir a buscar el dinero para sus hogares, pero que también pueden ser factores de contagio.

En ese periodo, como ahora, no se promovieron inversiones privadas productivas y permanentes para enfrentar los efectos de una emergencia sanitaria que tiende a ser crónica y costosa.
Lo grave es que la crisis económica apenas empieza.

Nuestras autoridades han preferido afrontar las dificultades con un falso optimismo y han tomado decisiones limitadas, cortoplacistas y de carácter local que perfilan un horizonte nacional frágil y sin resistencia.

Por sus características, la pandemia tiene efectos globales que se repercutirán con saña en los hogares de las familias más vulnerables y desencadenarán en los ciclos económicos del país interrupciones con efectos masivos que pueden significar amenazas para la estabilidad y seguridad de la sociedad.

La inconformidad con los sistemas políticos ha sido evidente en todo el mundo y vemos el crecimiento de la polarización política, no solo en los países con democracias avanzadas sino también en donde el populismo nacional ha tomado el poder, como se ha visto en Brasil o en Estados Unidos, por mencionar a dos de los casos extremos y en donde las manifestaciones populares revelan el desplome de la confianza en sus instituciones.

Algo de eso también se observa en nuestro país, cuando el presidente desestima o de plano desconoce a organismos autónomos como la Comisión Federal de Competencia, el INE o desprecia a la contundencia del Banco de México para asegurar que él “tiene otros datos”.

Preocupa que en la necesaria etapa del desconfinamiento la autoridad no se ocupe por promover un horizonte económico sólido y robusto, con instituciones confiables y democráticas que contribuyan a fortalecer el estado de derecho, sin que la población tenga que depender necesariamente del asistencialismo gubernamental como forma de vida.
@lusacevedop