Tierra de migrantes
La historia del continente americano va de la mano de las migraciones. Nuestra tierra, de este lado del Atlántico, ha sido para millones de personas una oportunidad para comenzar de nuevo. Sin exclusividad, pero de manera constante, Estados Unidos ha representado esa posibilidad desde su nacimiento como país libre. Buena parte de la grandeza de esa nación está vinculada con su capacidad de incorporar a personas de orígenes muy diversos que han abrazado el llamado sueño americano y se han convertido en forjadores de su desarrollo, al tiempo que han alcanzado un crecimiento personal que difícilmente habría sido posible en sus lugares de origen.
En épocas recientes, sin embargo, se ha intensificado una persecución hacia muchos migrantes, particularmente hacia quienes han ingresado a ese país sin contar con todos los permisos requeridos. Que cerca de once millones de personas vivan en Estados Unidos sin estar regularizadas revela la facilidad con la que es posible ingresar sin autorización o que en muchos momentos se abrieron las puertas -hoy, aparentemente atrincheradas frente al oportunismo político- porque así convenía a su economía y, por otro, la profunda necesidad de mano de obra para realizar trabajos que muchos residentes legales no están dispuestos a hacer o por los que algunos empleadores prefieren pagar menos.
Entre ciertos funcionarios del país vecino se ha popularizado un discurso que presenta a los migrantes indocumentados como responsables de un sin número de situaciones delictivas. La magnitud de esta población vuelve evidente lo absurdo de suponer que todos ellos puedan ser delincuentes. Sin negar que existan casos individuales de personas que han cometido delitos, generalizar y etiquetar a todos como criminales constituye un exceso y una grave falta de reconocimiento al aporte real que han hecho a la economía y al crecimiento de los Estados Unidos.
Preocupa, además, observar que comienza a darse una persecución basada en el aspecto racial. Ya no importa si una persona es legal o no: basta con que lo parezca a los ojos de algún funcionario. La embestida contra los inmigrantes, como han documentado diversos medios, se caracteriza en muchos casos por un uso desmesurado de la fuerza y por prácticas que no siempre se apegan a los principios legales que deberían regir la actuación de las corporaciones norteamericanas. Resulta profundamente contradictorio perseguir a personas por no cumplir la ley mediante estrategias que, a su vez, se separan del cumplimiento de esta.
En distintas ciudades de Estados Unidos han surgido protestas frente a la forma en que se busca controlar la migración. Numerosos ciudadanos han salido en defensa de los migrantes, que —indocumentados o no— forman parte desde hace años del tejido vivo de las comunidades en las que habitan, trabajan y contribuyen cotidianamente.
Algo se quiebra en el mundo cuando la diferencia deja de ser integrada y comienza a ser tratada como amenaza. Duele constatar cómo esa lógica del encuentro, capaz de hacer realidad sueños compartidos, parece ser reemplazada por una cerrazón que levanta muros físicos y simbólicos.
Perseguir al migrante implica, en el fondo, convertir una condición profundamente humana en una anomalía. La historia muestra que el desplazamiento no es una excepción, sino una constante de la experiencia humana. Cuando se reduce a la persona a una categoría administrativa —ilegal, indocumentado, extranjero— se borra su historia, su rostro y su vulnerabilidad, y se sustituye el reconocimiento humano por la sospecha. En ese tránsito, la fragilidad deja de convocar cuidado y pasa a justificar el castigo.
Además, la persecución migratoria suele apoyarse más en narrativas del miedo que en realidades comprobables. En contextos de incertidumbre económica o social, el migrante se convierte fácilmente en chivo expiatorio, en depositario de temores colectivos que buscan un rostro al cual culpar.
La situación global permite anticipar que las migraciones no se detendrán. La precariedad de la vida de quienes huyen porque en su propio país no hay futuro, o porque la violencia se ha vuelto cotidiana, seguirá empujando a las personas a buscar opciones de crecimiento y de vida digna en otros lugares.
Resulta triste constatar lo difícil que nos resulta acoger y crear nuevas oportunidades, y lo fácil que parece optar por la clausura y el encierro. Hace falta renovar los impulsos emprendedores, dejar de aferrarnos exclusivamente a la seguridad de lo conocido y atrevernos a mirar el futuro con la emoción de quien cree que todavía es capaz de forjarlo y transformarlo.
En México tampoco estamos exentos de mirar con recelo a quienes llegan de otras partes. Tal vez aún sea posible recuperar una mirada más amplia: concebir el mundo como un espacio en permanente movimiento e imaginar que las generaciones futuras seguirán desplazándose por este planeta con la convicción de que, en el fondo, es hogar de todos.










