Extorsión vieja y nueva
Siempre ha habido extorsión. La mordida es una de sus expresiones y tiene que ver con una forma de acuerdo entre partes desiguales, entre una autoridad y un gobernado quien a cambio de condescendencia paga una multa que no se registra en los ingresos formales, sino en el bolsillo del extorsionador. En este caso hay complicidad y no son pocos los casos en los que el gobernado prefiere pagar la multa que ser objeto de sanción formal. También resulta ser el caso de funcionarios sujetos a cuota por sus superiores, es decir, el beneficio ilegal se reporta y se reparte; la extorsión institucionalizada.
La extorsión institucionalizada o institucional tiene su lógica. El beneficiario superior no se expone, no tiene que ir con el particular a exigirle o intimidarle para que entregue el recurso o la contraprestación; ese trabajo corresponde al funcionario menor, quien corre el riesgo de ser señalado o denunciado, mientras que los superiores habrán de protegerle, pero nunca poniendo al descubierto la cadena de complicidad.
Desde tiempos inmemorables se han hecho grandes fortunas de administradores, jefes y directivos en las áreas de gobierno que tienen que ver con la aplicación de la ley o reglamento, asignación de contratos o supervisión discrecional. Las aduanas, las policías, los ministerios públicos, los supervisores de campo y muchas otras actividades se asocian a un jefe que se enriquece desproporcionadamente. En el peor de los casos sancionan a la tropa, no a los niveles superiores. Venalidad de antes que se ha incrementado de manera considerable con el aumento de la opacidad, discrecionalidad y el financiamiento político. “No es para mí, es para el movimiento”, se dice ahora.
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