Fiscalización que incomode, la apuesta de Alfonso Ramírez Cuéllar
México está hasta el cuello de promesas de transparencia y de “ya no hay corrupción”. Pero cuando revisas las cuentas de verdad, la historia es otra: miles de millones desviados, obras fantasma, contratos a modo… y la Auditoría Superior de la Federación (ASF) enterándose dos o tres años después, cuando los responsables ya están en otro cargo o disfrutando la lana en paz.
Eso es exactamente lo que quiere cambiar el diputado Alfonso Ramírez Cuéllar con una reforma que, la verdad, suena a sentido común puro, aunque en este país eso ya es revolucionario.
Su idea central es sencilla: una fiscalización que llegue a tiempo y que no le deba nada a nadie.
¿Qué trae bajo el brazo?
- Que los informes de la ASF salgan rápido, no dos años después como ahora. Porque si te enteras en 2027 que en 2024 se robaron la carretera, ¿de qué sirve? Para entonces el gobernador ya es senador y el dinero está en Islas Caimán.
- Informes claros y por separado: uno para cada secretaría, cada obra, cada programa. Nada de esconder las porquerías en un librero de mil 500 páginas donde nadie encuentra nada.
- Cambiar cómo se nombra al titular de la ASF. Prohibir la reelección (para que no ande haciendo favores con tal de que lo dejen repetir) y meter participación ciudadana en la elección. Si el auditor no le debe el puesto a los partidos, es más difícil que se haga de la vista gorda cuando le toque revisar a los intocables.
- Que la ASF también rinda cuentas de verdad: no nada más a los diputados que muchas veces son parte del problema, sino a la sociedad, a las ONG, a los académicos, a los periodistas. Que cualquiera pueda ver cuánto dinero se observó, cuántos responsables fueron castigados y cuánta lana se recuperó (porque hoy casi nunca se recupera nada).
En pocas palabras, debe haber menos burocracia, más independencia y resultados que se vean.
Porque de nada sirve tener un órgano “autónomo” si en los hechos se mueve al ritmo que le marcan desde Los Pinos o desde Palacio Nacional, según la época.
México ya no aguanta más simulaciones. La gente está harta de que le digan “ya se está investigando” mientras los corruptos siguen de fiesta. La reforma de Ramírez Cuéllar no es perfecta, pero apunta directo al corazón del problema: hacer que revisar las cuentas públicas deje de ser un trámite para quedar bien y se vuelva un arma real contra la impunidad.
Ahora la pelota está en el Congreso. Pueden aprobarla y demostrar que de verdad les importa el dinero del pueblo… o pueden enterrarla entre comisiones y albazos, como han hecho con tantas cosas buenas.
Ojalá esta vez no nos fallen. Porque si la fiscalización sigue llegando cuando los ladrones ya están retirados, de nada habrán servido todos los discursos de honestidad valiente. Palabras ya tuvimos de sobra. Lo que hace falta son hechos. Y esta reforma podría ser uno.






