Gaza y el derrumbe moral de Occidente
Hay momentos en la historia en los que una sociedad no solo enfrenta una crisis política o humanitaria: enfrenta una prueba moral. Gaza se ha convertido en una de ellas. Durante años, las democracias liberales occidentales han construido buena parte de su legitimidad sobre la defensa de los derechos humanos, el Estado de derecho, la dignidad de las personas y la condena de los crímenes cometidos contra poblaciones civiles. Sin embargo, frente a Gaza, esos principios parecen haberse vuelto selectivos.
La población palestina ha sido sometida a una devastación que ha alcanzado dimensiones insoportables: desplazamiento, destrucción de infraestructura, hambre, restricciones a la ayuda humanitaria y una violencia que ha afectado de manera masiva a la población civil. Hablar de genocidio exige, desde luego, una determinación jurídica definitiva. Pero eso no significa que debamos esperar a que los tribunales internacionales pronuncien la última palabra para reconocer que existen límites que no pueden cruzarse.
Uno de los argumentos más repetidos para justificar esta tragedia es que la responsabilidad última corresponde a Hamás. Ezra Shabot, como muchos otros comentaristas, ha insistido en esta explicación: Israel estaría ejerciendo su derecho a defenderse frente a una organización terrorista que atacó y asesinó a civiles israelíes.
Pero una cosa es condenar a Hamás —algo absolutamente necesario— y otra muy distinta convertir esa condena en una licencia para la devastación de una población entera.
No se puede volcar el arsenal de un Estado militarmente poderoso, armado hasta los dientes y respaldado por algunas de las principales potencias occidentales, sobre una población civil bajo la premisa de que así se acabará con el terrorismo. No todo lo que puede hacerse militarmente puede hacerse moralmente. Existen límites jurídicos, límites políticos y, antes que nada, límites humanos.
La responsabilidad por los crímenes de Hamás no puede heredarse colectivamente por millones de palestinos. Un niño de Gaza no es responsable de las decisiones de Hamás. Una familia desplazada no es Hamás. Un hospital destruido no es Hamás. Una población sometida al hambre no puede convertirse en objetivo legítimo por el simple hecho de que una organización terrorista opere en su territorio.
Y aquí aparece el verdadero problema político de Gaza: no solamente lo que Israel está haciendo, sino la forma en que las democracias occidentales han respondido.
Durante décadas, Occidente construyó buena parte de su identidad política después de 1945 alrededor del principio de “nunca más”. Ese principio debía ser universal. Sin embargo, frente a Gaza, demasiados gobiernos han demostrado que los derechos humanos pueden relativizarse cuando las víctimas pertenecen a un pueblo que no ocupa un lugar central en sus alianzas estratégicas.
Éste es quizá el mayor daño político producido por Gaza: la caída de los resortes morales con los que las democracias liberales pretendían presentarse como superiores a los regímenes autoritarios y, particularmente, frente a las sociedades árabes.
¿Con qué autoridad puede Occidente hablar de derechos humanos, democracia y civilización si esos principios parecen suspenderse cuando las víctimas son palestinas?
La contradicción es devastadora. Porque cuando los principios tienen excepciones, dejan de ser principios y se convierten en instrumentos de poder.
Esto no significa equiparar a Hamás con Israel, ni ignorar los asesinatos y crímenes cometidos contra civiles israelíes. Significa exigir una misma vara moral para todos. Precisamente porque una democracia debería distinguirse de una organización terrorista por su respeto irrestricto al derecho y a la dignidad humana.
El drama en Gaza no solo está destruyendo vidas. Está destruyendo algo más difícil de reconstruir: la autoridad moral de quienes durante décadas afirmaron representar la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho.
Y quizá ésa sea una de las consecuencias políticas más profundas de esta tragedia: que mientras Gaza muestra los límites de la fuerza, Occidente está mostrando los límites de su propia moral. Cuando Europa conoció las atrocidades del nazismo, tuvo la disculpa de desconocer lo que sucedía. Lo que sucede en Gaza, se presenta a ojos de todo el mundo, en tiempo e imagen real.






