Generación Z, del desencanto al nuevo despertar ciudadano
México atraviesa horas oscuras. El panorama de este 2025 no es, lamentablemente, el de la promesa cumplida, sino el de la frustración crónica de una sociedad que ha llegado a su punto de quiebre. La incontrolable espiral de violencia, sumada a la arrogancia de un régimen que ha optado por la sordera ante el clamor popular, ha despertado a un gigante que muchos creían dormido, o peor aún, desconectado: la Generación Z.
Estamos presenciando el surgimiento de una nueva conciencia cívica que nace del dolor, pero que aspira a la esperanza.
Para entender la magnitud de este movimiento, es imperativo mirar hacia las causas profundas, esas llagas sociales que la retórica oficial intenta ocultar bajo el manto de la propaganda. El detonante fue el artero asesinato de Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, el pasado 1 de noviembre. Su muerte no fue un hecho aislado, fue la crónica de una indiferencia anunciada, pues sus reiteradas súplicas de auxilio ante el crimen organizado fueron ignoradas por un gobierno petrificado en su inacción.
Sin embargo, la indignación colectiva que hoy inunda las calles no surge únicamente de un evento, sino de la acumulación tóxica de múltiples agravios. La corrupción e ineptitud que carcome las instituciones, el autoritarismo que asfixia la libertad y, sobre todo, la sangre derramada que ha manchado el suelo de la nación, han sido el caldo de cultivo para este despertar.
Los jóvenes han demostrado que su conexión no es solo con las redes, sino con la realidad sufriente de su país. Han transformado el hartazgo en motor, el miedo en coraje y el lenguaje de la cultura geek en un grito de guerra cívico, realista y apartidista.
Lo que presenciamos el pasado 15 de noviembre, con marchas simultáneas en varias ciudades de la República, es la prueba fehaciente de que la ciudadanía tiene el deber, y ahora la voluntad, de ejercer su poder.
Este movimiento, gestado en las plataformas digitales como TikTok y X, ha madurado con una rapidez asombrosa hacia propuestas concretas. Su pliego petitorio de 12 puntos es un manifiesto de madurez política: exigen mecanismos de revocación de mandato activados por la ciudadanía, la autonomía real del INE y del Tribunal Electoral, una reforma profunda al sistema de justicia y la desmilitarización de la seguridad interna.
No piden dádivas; exigen resultados tangibles. No buscan privilegios; demandan el fin de la impunidad. Es un activismo legítimo que brota de la necesidad de supervivencia y de la aspiración legítima de vivir en un país donde la vida valga algo.
Frente a esta marea de dignidad, la respuesta del régimen ha sido, por decir lo menos, decepcionante; y por decir lo justo, indignante. En lugar de mostrar empatía y vocación política, el gobierno ha recurrido al viejo manual del autoritarismo: la deslegitimación, la minimización y la represión.
Es inaceptable las agresiones ejercidas contra periodistas y manifestantes pacíficos. La denostación constante desde el púlpito del poder, calificando a estos jóvenes de adversarios en lugar de reconocerlos como ciudadanos preocupados, revela una intolerancia política que impide cualquier posibilidad de diálogo constructivo.
Minimizar el descontento es un acto de soberbia que la historia suele cobrar caro. Al subestimar la protesta, el régimen no ha hecho más que echar gasolina al fuego de la indignación social, provocando que la convocatoria para la próxima marcha del 20 de noviembre crezca con mayor fuerza. La autoridad ha olvidado que su mandato es servir, no imponer; escuchar, no silenciar. Necesitamos líderes que muestren congruencia, competencia y una verdadera ética de servicio.
No podemos permitir que la indiferencia sea la respuesta ante la tragedia, ni que el miedo paralice nuestra voluntad de cambio.
No basta con estar indignados; es urgente estar presentes, activos y exigentes.
Actuemos hoy, porque el futuro no espera y la paciencia se ha agotado.
¡Súmate!






