Ideologización y mediocridad
La destrucción del sistema educativo mexicano
La educación es el aliento vital que sostiene la arquitectura de nuestra libertad, el cimiento sobre el cual se erige la dignidad de la República y el único camino posible para desterrar el ostracismo al que hemos condenado a millones de personas. Sin embargo, en el México de hoy, el cincel del conocimiento ha sido brutalmente reemplazado por el martillo de la ideología. Nos encontramos ante una catástrofe silenciosa pero letal, la destrucción sistemática de nuestro sistema educativo por un régimen que privilegia la sumisión política sobre el florecimiento del espíritu humano y el rigor científico.
Las cifras recientes revelan la gravedad del sistema educativo nacional. Los resultados dados a conocer de la prueba PISA 2025 no son una simple estadística; son el epitafio de la competitividad de toda una generación. En matemáticas, México se ha desplomado a tal grado que nos devuelve al peor nivel registrado desde 2006. Mientras los países de la OCDE logran que el 65% de sus estudiantes alcance el nivel básico, en nuestro país apenas un doloroso 30% lo consigue. La tragedia se extiende también a la lectura, evidenciando que la mitad de nuestros jóvenes de 15 años es incapaz de comprender la idea principal de un texto moderado. En ciencias, el avance marginal de 4 puntos es un espejismo estadísticamente nulo. Nos enfrentamos a un triple rezago paralizante: el 41.8% de los alumnos se ubica por debajo de las competencias básicas simultáneamente en las tres áreas evaluadas. Hemos perdido el liderazgo en América Latina, siendo superados por Chile y Uruguay, e igualando el colapso estructural de Argentina.
Durante los últimos 30 años presumimos que la cobertura creció para alcanzar un 81%, pero esta expansión fue una triste ilusión; incorporamos alumnos a las aulas, pero fracasamos rotundamente en otorgarles un aprendizaje sustantivo. Esta debacle no es obra de la casualidad, sino el resultado deliberado de la Nueva Escuela Mexicana (NEM), un modelo que no busca la grandeza de la persona, sino la lealtad inquebrantable a un régimen. Al imponer el trabajo exclusivo por “proyectos”, se ha roto la secuencialidad del aprendizaje, diluyendo la enseñanza estructurada de las ciencias exactas y el pensamiento algorítmico. El pensamiento lógico-matemático, llave maestra del desarrollo de la humanidad, es prácticamente desterrado.
A esto se suma la sobrecarga de un magisterio mal pagado y con grupos saturados, al que se le exige codiseñar planes de estudio desde cero mientras se le abandona presupuestalmente. Para 2026, el Estado proyecta invertir la indignante cantidad de 91.50 pesos anuales por maestro para su formación continua. Simultáneamente, el gobierno ha perpetrado el apagón de la evaluación: la desaparición del INEE y la cancelación de la prueba PLANEA nos han dejado ciegos, sin datos propios ni comparables, retirando al país de las evaluaciones regionales de la UNESCO.
Todo esto ocurre en un entorno de marginalidad inaceptable. Para el ciclo 2024-2025, el 20% de las escuelas públicas opera sin electricidad, el 30% carece de agua potable y un alarmante 64.5% no tiene acceso a internet. La extinción de las Escuelas de Tiempo Completo arrebató jornadas ampliadas y alimentación a quienes más lo necesitaban.
De mantener esta inercia dogmática, para el año 2050 México habrá formado a 28.7 millones de profesionistas en áreas saturadas de baja demanda, perdiendo irremediablemente a los técnicos e ingenieros indispensables para la manufactura de alta tecnología. Se condena a México a la pérdida de competitividad global, justo cuando la inteligencia artificial y la economía del conocimiento están irrumpiendo en todas las áreas del quehacer humano.
Frente a este asalto al porvenir, la resignación no es una opción; la indiferencia es complicidad. Debemos regresar a una educación basada en lo científico y en la verdad objetiva. Es imperativo exigir acciones urgentes: restituir la evaluación estandarizada e independiente para medir con rigor los logros de aprendizaje y trazar rutas de mejora; replantear el Presupuesto de Egresos, revirtiendo la política actual que destina casi todo a transferencias directas mientras castiga la inversión en la oferta y la infraestructura tecnológica; dignificar verdaderamente al magisterio, otorgando financiamiento real para su formación continua; recuperar el rigor académico, reincorporando las matemáticas, las ciencias y la comprensión lectora como ejes innegociables para dotar a los jóvenes de competencias globales.
Una educación de calidad, laica, científica y humanista no es una bandera partidista; es un imperativo cívico, una responsabilidad histórica. Es tiempo de abandonar el letargo y el conformismo para asumir una verdadera Conciencia Activa.
¡Rescatemos la educación de las garras de la mediocridad para forjar la libertad y grandeza de México!
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