Indiferencia y compromiso. La gran diferencia
La salud de una nación no se mide por el dinero que se mueve en los mercados ni por los números fríos de la economía, sino por el valor y la fuerza de su gente. Sin embargo, hoy vemos una paradoja que preocupa hondamente: las personas que tienen una vida económicamente activa frecuentemente tienen una vida política pasiva. Aquellos que día a día mueven el país con su esfuerzo productivo suelen quedarse callados y apartados de las decisiones públicas. Creen, desde su aislamiento individual, que los asuntos del gobierno no son asunto suyo. Olvidan (o no quieren ver) que en el ámbito de la política es donde se resuelven las reglas para la actividad económica y la calidad de vida de todos los ciudadanos. La indiferencia no es un escudo protector; es una rendición voluntaria. Quien renuncia a incidir en las reglas de convivencia termina viviendo bajo las reglas que otros deciden por él.
El buen gobierno no nace de las decisiones de un político encerrado en su oficina, sino del diálogo vivo de una sociedad despierta. Los ciudadanos deben incidir en las reglas de convivencia democrática. Esto significa que los ciudadanos no deben limitarse a obedecer las normas, sino participar activamente en su construcción y perfeccionamiento mediante el diálogo, el voto, la deliberación pública y la participación cívica. Esa es la diferencia entre el espectador y el verdadero protagonista de la vida pública.
Participar o no en política, no impide al gobierno definir las reglas que determinan la calidad de vida de todos los ciudadanos. El Estado seguirá cobrando impuestos, dictando leyes y manejando el entorno con o sin nosotros. Por lo tanto, conveniente será un involucramiento activo de este sector productivo en el ámbito de la política para incidir en la elaboración de las reglas gubernamentales que regulan la convivencia entre ciudadanos y autoridades, lo cual finalmente será en beneficio propio. Es una realidad matemática: mejor será participar para decidir en conjunto. Cuando la ciudadanía interviene desde su ámbito en política, puede incidir en las reglas de convivencia, así como influir, participar o contribuir en la creación, modificación, mejora o cumplimiento de las normas que regulan la vida en comunidad, para beneficio de todos.
Ninguna casa se sostiene sin cimientos firmes, y ninguna democracia funciona sin valores sembrados en el corazón de su gente. Por eso lo sostenemos con total convicción: la educación incide en las reglas de convivencia. Esta gran verdad significa que la educación moldea la manera en que las personas respetan las normas, resuelven conflictos y conviven con los demás. No estamos hablando aquí de memorizar datos escolares, sino de una formación profunda para la libertad.
Incidir en las reglas de convivencia implica ser protagonista de la vida pública, no un espectador. Es ejercer la ciudadanía para que las normas reflejen valores fundamentales como la libertad, la justicia, el respeto, la igualdad ante la ley y la responsabilidad compartida. Una ciudadanía educada es la fuerza que nos da la capacidad para evaluar a los gobernantes, desarmar las promesas falsas y exigir que la ley sea un instrumento al servicio del ser humano, nunca un estorbo para el desarrollo.
Frente a la inercia que debilita y al desánimo que aísla, es urgente convocar a una ciudadanía en movimiento. Una ciudadanía en movimiento no se queda cruzada de brazos viendo cómo se deteriora su entorno; no mira el futuro con apatía; no le regala el rumbo de la comunidad a una clase política que no escucha. Al contrario, una ciudadanía en movimiento, no solo obedece las reglas de convivencia; también incide en ellas para hacerlas más justas, más humanas y más acordes con el bien común.
La participación social activa es el motor que cambia las realidades. Cuando el profesionista, el comerciante, el maestro y el trabajador se unen por causas comunitarias, forman una fuerza capaz de transformar el marco jurídico que nos rige. La pasividad de quienes trabajan es el terreno donde crecen los abusos y los malos gobiernos. Si nos apartamos de las decisiones, dejamos el timón del barco en manos de cualquiera. Comprometerse es defender nuestro bienestar presente y asegurar el porvenir de las siguientes generaciones.
La encrucijada actual no admite dudas ni medias tintas. La gran diferencia entre un pueblo que se detiene y uno que progresa radica en la frontera que divide a la indiferencia del compromiso. La construcción de las reglas del juego nos pertenece a todos y no podemos seguir delegando nuestro destino.
Es la hora del compromiso. Es el momento de asumir la corresponsabilidad de nuestro tiempo. Es el instante preciso para actuar e influir en la vida pública. Dejemos atrás la pasividad, tomemos el lugar que nos corresponde y hagamos de la participación social la herramienta definitiva para construir la justicia. ¡Hagamos de la participación activa nuestro mayor deber y de la justicia nuestra meta más alta!
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