Inflación, remesas y morosidad: el riesgo que ya empezó a cobrar factura
El deterioro financiero no comienza cuando alguien deja de pagar…comienza mucho antes; inicia cuando el ingreso pierde fuerza y el crédito deja de ser una herramienta para convertirse en un puente cada vez más frágil. Eso es exactamente lo que empieza a reflejar la evolución reciente de la cartera bancaria en México.
De acuerdo con cifras de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, en los últimos doce meses el Índice de Morosidad (Imor) de la cartera total pasó de 2.03 a 2.22 por ciento. Puede parecer un movimiento marginal, pero en términos financieros es una señal clara de que el sistema comienza a absorber tensiones que vienen de la economía real.
Cuidado; no es un evento aislado, es una tendencia.
El crédito al consumo (el más vinculado al gasto cotidiano de las familias) muestra un deterioro más evidente. La morosidad en este segmento ha subido, y el Índice de Morosidad Ajustado (Imora), que incorpora castigos y quitas, confirma una profunda lectura, de que el problema no es solo quién deja de pagar, sino cuánto del crédito ya no se va a recuperar.
Y aquí es donde la narrativa se vuelve incómoda.
Durante años, el crecimiento del crédito al consumo fue una señal de dinamismo económico, pero hoy empieza a mostrar su lado b; vulnerabilidad ante choques de ingreso. La inflación, que ha vuelto a presionar por encima del objetivo del Banco de México, erosiona la capacidad de pago en los hogares. Y las remesas, que funcionaron como un amortiguador clave durante años, empiezan a mostrar señales de desaceleración en términos reales. Una combinación digna de tomar en cuenta.
Menor poder adquisitivo, más menor flujo externo, equivale a una ecuación directa de presión sobre el ingreso disponible. Es decir, se gana menos en términos reales y, además, entra menos dinero, por lo que queda menos efectivo para todo lo demás. Y cuando eso ocurre, el orden de prioridades en los hogares cambia. Primero se paga lo indispensable. El crédito compite por ese espacio… y muchas veces pierde.
La pregunta relevante no es si la morosidad subió; es si apenas está empezando. Porque el sistema financiero suele reaccionar con rezago. Lo que hoy vemos en los indicadores es, en muchos casos, el reflejo de decisiones tomadas meses atrás, como compras financiadas, líneas de crédito utilizadas, niveles de endeudamiento asumidos bajo un contexto distinto.
Y aquí conviene aclarar que la banca no está en crisis, pero tampoco está inmune.
Los niveles actuales de capitalización y reservas son sólidos (mucho más que en episodios como 1994 o incluso 2008). Sin embargo, eso no elimina el riesgo de deterioro en la calidad de la cartera. Lo que cambia es la capacidad de absorción del sistema, no la existencia del problema. El punto crítico está en el consumidor.
Por ejemplo, desde una perspectiva patrimonial, el crédito mal gestionado es uno de los mecanismos más eficientes para destruir valor personal. No solo por el costo financiero, sino por el efecto acumulativo, de intereses, penalizaciones, deterioro del historial crediticio y, eventualmente, pérdida de acceso a financiamiento.
Lo que hoy estamos viendo en los datos es una advertencia temprana. Y como toda advertencia, puede ignorarse… o utilizarse para ajustar decisiones.
Aquí es donde la conversación debe elevarse. Creo que no se trata de alarmar, sino de entender el momento del ciclo. En entornos de presión inflacionaria y menor dinamismo en ingresos externos, la disciplina financiera deja de ser una recomendación y se convierte en una necesidad.
Reducir exposición a deuda de alto costo, priorizar liquidez, revisar niveles reales de endeudamiento y, sobre todo, evitar financiar consumo corriente con crédito revolvente, no es conservadurismo, es gestión de riesgo.
Porque, ojo, el crédito no es dinero adicional; es dinero que en realidad no existe. Es dinero adelantado… con costo (elevado la mayoría de veces)…y como ese costo se vuelve más pesado, cada decisión financiera importa más.
El sistema bancario seguirá ajustándose, sin duda. La pregunta es si los usuarios del sistema lo harán al mismo ritmo.
La morosidad no es solo un indicador técnico, es el termómetro de la capacidad real de una economía (y de sus familias) para sostener sus compromisos.
Ignorar esa señal suele ser el primer error. Pagarla, después, siempre resulta más caro.










