Del yo al nosotros
Es posible pasar mucho tiempo aislado de todos los demás sin necesidad de un contacto humano físico. Una gran cantidad de tareas que antes requerían nos trasladáramos a un sitio para encontrarnos con otras personas y, efectuar una compra, realizar un trámite o llevar a cabo una transacción, pueden hacerse hoy en el mismo lugar, detrás de una pantalla, sin necesidad de abandonar el sitio donde nos estamos e interactuando exclusivamente con una máquina.
La vida puede tornarse rápida: todo está al alcance de un clic. Todo sucede de manera inmediata: no hace falta esperar un tiempo largo para obtener un objetivo. La existencia se torna fugaz: podemos ir de un tema a otro con gran facilidad y sin detenernos demasiado en ningún lado. Así, nuestra vida se vuelve fácilmente frenética, nos cuesta mantenernos haciendo la misma cosa por un espacio de tiempo prolongado y se vuelve relativamente sencillo abandonar todo aquello que implique un tiempo de espera, un esfuerzo mayor o demande de nuestra parte superar dificultades.
Relacionarnos con los demás requiere dejar el imperio de nuestro yo. Advertir la necesidad de incorporar ideas que no siempre compartimos; abandonar, al menos por un tiempo un deseo para satisfacer el querer de otro; esperar, de modo que tomemos el tiempo para decidir lo que haremos conjuntamente.
Vivir construyendo un nosotros es algo que no se puede programar con tanta facilidad. Cada persona tiene un sinfín de características que es difícil encontrar reproducidas en otros. Optar por emprender algo conjuntamente exige tener la capacidad de decirle que no a nuestro propio yo, acoger lo del tú como algo que enriquece, complementa y permite la realización de un proyecto que nunca hubiéramos emprendido sin la aparición del otro.
Sumar siempre arroja un resultado mayor que la simple resta. No obstante, la suma requiere más esfuerzo que la resta. Es más fácil disolver que crear, bajar que subir, mantenerse mucho tiempo en la misma tarea que cambiar de ocupación, superar las dificultades que rendirse frente a ellas, acoger la opinión contraria que empecinarse en la propia.
Lidiar con nuestro yo es inevitable. Empeñarse en construir un nosotros supone iniciar una aventura en donde se precisa estar dispuesto a dominar nuestros propios deseos y repensar nuestras propias ideas con el propósito de lograr junto con los demás nuevas ilusiones, ideas y proyectos.
La diferencia entre el yo y el nosotros tiene que ver mucho con la capacidad de generar comunidad. Cuando decidimos vivir conjuntamente, queda implícita la necesidad de renunciar a todo lo que podría emprender si lo hiciera solo, con el propósito de lograr lo que me sería imposible en soledad.
Cada vez que enfrentamos un problema aparece de nuevo la disyuntiva entre el yo y el nosotros. Un modo de dirimir el problema es encerrarnos en nuestra propia posición y mantener un yo frente al otro sin posibilidad de encontrar un camino conjunto. Otra opción es descubrir cómo cediendo un poco cada uno es posible hacer algo nuevo que solamente existe cuando soñamos juntos.
La diferencia entre la apuesta por el yo o por el nosotros, es la distancia entre la soledad y la compañía. Es en el fondo la posibilidad de vivir una vida plena que nos hizo crecer y madurar o permanecer aislados y empequeñecernos porque no sabemos que juntos siempre es posible más.










