La caída de El Mencho y el verdadero desafío de México:
recuperar la confianza institucional
Este fin de semana cayó uno de los hombres más emblemáticos y temidos del crimen organizado en México. La muerte de Nemesio Rubén Oseguera Cervantes 'El Mencho' no es solo la derrota de un líder criminal; es un acontecimiento que obliga a mirar algo más profundo que el hecho mismo, y me refiero a la relación entre el poder del Estado, la percepción de control institucional y la confianza que una sociedad deposita en sus instituciones.
Eventos de esta magnitud no se interpretan únicamente en el terreno de la seguridad. Se leen también en el plano de la estabilidad, de la gobernabilidad y, sobre todo, de la credibilidad de la autoridad. Cuando una figura que durante años fue el enemigo público número uno, es abatida, el mensaje no se limita a un operativo exitoso, sino se extiende como señal de capacidad institucional.
Ahora bien, las señales de autoridad no siempre generan calma inmediata. En ocasiones producen inquietud, tensión, expectativa…y es natural. Cada vez que el Estado decide ejercer control real sobre territorios o estructuras que durante años operaron al margen, el entorno se mueve. Pero ese movimiento (incómodo, ruidoso, incluso inquietante) es parte del proceso mediante el cual se reconstruye algo que ningún país puede darse el lujo de perder: la confianza.
Desde mi perspectiva empresarial y económica (no vengo a analizar el hecho per sé), el punto central no es el episodio en sí mismo, sino lo que representa en términos estructurales. La estabilidad de un país no depende únicamente de sus cifras de crecimiento, su inflación o su tipo de cambio. Depende también de la capacidad del Estado para ejercer autoridad legítima, garantizar orden institucional y demostrar control efectivo sobre su territorio. Sin ese elemento, cualquier indicador económico positivo se vuelve frágil.
La confianza no es un concepto abstracto. Es un activo económico real. Determina decisiones de inversión, percepción de riesgo país, costo del financiamiento, comportamiento del consumo y horizonte de planeación empresarial. Cuando la confianza institucional se debilita, el capital se vuelve cauteloso, el crédito se encarece y la actividad económica pierde previsibilidad. Y vaya que nuestro país ha protagonizado diversos episodios de esta índole.
Por eso, la recuperación del control estatal no es un tema aislado de seguridad pública, sino una condición previa para el desarrollo económico.
Y conviene que lo digamos con la claridad debida: recuperar la paz tiene un costo; siempre lo ha tenido. Porque implica intervenir, reorganizar y confrontar estructuras que durante años operaron fuera del marco institucional; implica restablecer condiciones de autoridad efectiva. Ningún proceso de saneamiento institucional ocurre sin tensiones. Ninguna reconstrucción del orden se produce sin resistencia, y ninguna restauración del control se percibe, en su inicio, como un proceso cómodo.
Pero este costo no es improductivo; este costo es inversión en certeza. Es la preparación de un terreno distinto. Un terreno donde las decisiones económicas pueden tomarse con reglas claras, donde la actividad productiva se desarrolla con menor incertidumbre y donde la inversión se evalúa sobre condiciones previsibles, no sobre escenarios volátiles.
Desde mi particular punto de vista, y lo que debería ser una voz generalizada, en ese proceso, resulta indispensable reconocer la labor del Ejército Mexicano y de las instituciones que sostienen la capacidad operativa del Estado. Más allá de interpretaciones políticas o narrativas coyunturales, existe el hecho estructural e irrefutable de que, sin capacidad institucional efectiva, no hay posibilidad real de reconstruir confianza y recuperar el control del país.
La presencia del Estado donde antes predominaba la incertidumbre no es solo una señal de seguridad, sino un atisbo económico. Las inversiones productivas se consolidan únicamente en territorios donde la autoridad es sólida. Además, la historia demuestra que ninguna cadena de valor se estabiliza donde el control institucional es incierto. Y ninguna economía crece de forma sostenida sin condiciones mínimas de orden.
A lo largo de mi trayectoria he observado que los mercados financieros no reaccionan únicamente a los eventos, sino a la capacidad de los Estados para enfrentarlos. Lo que determina la percepción de riesgo no es la ausencia de problemas (lo cual no existe en ninguna economía) sino la fortaleza institucional para gestionarlos. México necesita confianza. Confianza visible, verificable, sostenida. No como discurso, sino como condición operativa del país.
La recuperación del control institucional es un proceso, y los procesos que buscan restablecer orden generan, inevitablemente, periodos de incertidumbre inicial. Pero esa incomodidad no es signo de debilidad, por el contrario, es parte del tránsito hacia un entorno más estable.
Y para concluir, me gustaría decir que la paz no es un ideal abstracto, sino un elemento indispensable para la consolidación de una infraestructura económica saludable. Reduce costos, mejora el clima de inversión, fortalece la confianza del consumidor y permite la planeación de largo plazo. Sin paz, la economía opera con fricción permanente. Con estabilidad, el crecimiento encuentra condiciones reales para sostenerse.
Si el Estado actúa para recuperar control, no está reaccionando únicamente a un hecho puntual. No hay duda de que está redefiniendo las condiciones bajo las cuales operará la economía en los próximos años.
Los países no se fortalecen cuando los desafíos desaparecen, sino cuando demuestran capacidad real para enfrentarlos. Y es en esa capacidad consistente, visible y sostenida, donde comienza la verdadera reconstrucción de la confianza.










