La confianza en la era de la sospecha
Hace unos días, durante la exposición de un tema, me plantearon lo siguiente: ¿qué criterios se tienen para confiar? ¿Por qué conviene seguir creyendo en las instituciones y en los demás cuando hemos padecido tantas desilusiones?
Se trata de una pregunta profunda, una que todos nos hemos hecho y no siempre nos atrevemos a expresar. Es algo tan vital que siempre nos acecha, especialmente cuando iniciamos una amistad o tenemos que ponernos en manos de una institución.
Cuando me plantean una cuestión de esa magnitud, percibo que yo también quisiera interrogar a alguien que fuera capaz de darme una respuesta. La pregunta se vuelve un altavoz de la propia conciencia, una zozobra compartida, una intranquilidad que se aviva cada vez que estamos asumiendo un riesgo.
Me encantaría tener una fórmula infalible, un rayo de luz que disipara toda sombra de duda, pero la confianza es algo que se da. Es, en sí misma, un riesgo que solamente tiene sentido cuando no tenemos control total sobre lo que sucederá.
Existen algunas claves para otorgarla. Por ejemplo, la coherencia de la persona en que confiamos, la lógica de la propuesta recibida, la experiencia en situaciones previas. Sin embargo, pienso que tras ese nivel objetivo hay algo previo y más profundo que tiene que ver con la importancia de confiar. Soy consciente de que tiene muchos matices y niveles, pero intentaré esbozar algo general. Y, puesto que las instituciones están conformadas por personas, la esencia de esta confianza termina siendo la misma.
La confianza tiene similitudes con la fe, la esperanza, la seguridad y la certeza. De hecho, confiar es fiarse de otro, creer en alguien. Supone la espera de algo bueno y una cierta seguridad de que se ha conjurado la posibilidad de padecer un mal, porque estamos cerca de alguien que nos salvaguarda y protege.
Cada vez que desconfiamos, prevemos que estamos frente a un peligro. Suponemos que puede acontecernos algo pernicioso y tomamos precauciones para evitarlo. En sentido contrario, cuando confiamos asumimos un riesgo con la seguridad de que saldremos bien librados. La cautela es necesaria para no exponernos innecesariamente o para no ser víctima de una estafa. La ingenuidad obsequiosa es puerta para muchos desengaños.
Lo complejo de la confianza es que está entre la cautela excesiva y la ingenuidad. No tendría que ser algo simplemente ciego, aunque para construirla tenga momentos en que damos un paso fiándonos de otros sin tener datos positivos para creerles. Simplemente es necesario para vivir. No es posible convivir en una sociedad si la sospecha se ha instalado.
Vivimos un momento histórico en el que se acumulan motivos para no confiar. Estamos llenos de fake news; la tecnología es capaz de disfrazarse de realidad y recursos que antes resultaban inequívocos hoy ya no son evidentes. Hemos acumulado una sobrada experiencia respecto a la falibilidad humana: todo se rompe, nada parece durar. Desde la modernidad, la piedra de toque de la verdad es aquello que subsiste como cierto después de haber sido sometido a la duda. Pareciera que para tener seguridad hay que desconfiar primero de todo. No obstante, la apuesta por la confianza es del todo actual.
En la práctica, los seres humanos primero confiamos. Vamos a una tienda y asumimos que los precios son los correctos, que le pagamos al empleado correspondiente. No podría ser de otra manera, pues vivir en sociedad supone confiar mientras no tengamos motivos para no hacerlo. Eso sí, los motivos han de ser razonables. De lo contrario, desataríamos una angustia permanente y miraríamos a todos con miedo y con una distancia que terminaría por inducir un temor profundo o un aislamiento irremediable.
Es verdad que confiar conlleva la posibilidad de ser defraudado. Sin embargo, es imposible abatir todo riesgo. Vivir es peligroso, pero también venturoso. Otorgar a otros nuestra confianza permite emprender aventuras que serían imposibles en soledad, descubrir la maravilla de la amistad, recuperar la esperanza cuando todo parecía nublado y redescubrir nuestra capacidad de lograr lo que parecía imposible.
Confiar tiene múltiples riesgos, pero no más que desconfiar. La desconfianza solo conduce a la soledad y, muchas veces, a la amargura.






