La construcción de la paz que México merece
Vivimos tiempos donde la incertidumbre se ha instalado, con una naturalidad lacerante, en la mesa de millones de hogares mexicanos. El clamor por la tranquilidad no es una exigencia política más, sino el grito desesperado de una nación que ha visto su tejido social desgarrarse bajo el peso de estrategias fallidas, de promesas huecas y de una militarización que, lejos de sanar, ha profundizado las heridas de la República. La paz, ese anhelo supremo que debería ser la norma y no la excepción, se nos ha presentado como una utopía inalcanzable; sin embargo, afirmar su imposibilidad es renunciar a nuestro futuro.
La construcción de la paz que México merece no puede cimentarse sobre los escombros de la guerra ni bajo la lógica simplista del fuego contra el fuego. Es un imperativo ético y moral comprender que la pacificación de la República no se logrará perpetuando los ciclos de violencia que azotan, con cruel insistencia, a los más vulnerables. La verdadera paz, aquella que perdura y transforma, se edifica desde una visión preventiva y civilizada, rechazando categóricamente la inercia reactiva y militarizada que ha demostrado, una y otra vez, su ineficacia histórica.
Hemos sido testigos de un "punitivismo" demagógico que pretende engañar a la ciudadanía sugiriendo que el aumento de penas y el abuso de la prisión preventiva son la panacea para nuestros males. Nada más alejado de la realidad. Llenar las cárceles no vacía las calles de delincuentes si no se atacan las raíces profundas de la inseguridad. En Movimiento Ciudadano, la premisa es clara y contundente: necesitamos transitar hacia una justicia restaurativa. Las leyes penales y los castigos deben ser siempre el último recurso, reservados solo para lo más grave, y no una herramienta de la política para fingir que se tiene el control.
La seguridad de los mexicanos es la columna vertebral de cualquier proyecto de nación viable. Pero esta seguridad no puede depender de la ocupación permanente del espacio público por fuerzas castrenses. Las fuerzas armadas, instituciones honorables cuya misión es la salvaguarda de la soberanía y la vida en situaciones de excepción, no deben ser desnaturalizadas obligándolas a suplantar la civilidad. No son policías. No están entrenados para la proximidad ciudadana ni para la prevención del delito común. Insistir en imponer una "civilidad armada" es, en esencia, una claudicación del Estado de Derecho y una renuncia a la responsabilidad de gobernar.
Es urgente dignificar a nuestras policías. Es menester romper los ciclos de impunidad que corroen la confianza en las instituciones encargadas del orden. Un México de paz es posible, sí, pero solo si tenemos la valentía colectiva de construir un modelo de seguridad y justicia blindado contra la corrupción, la opacidad y el olvido. Las instituciones deben asumir su papel no como entes represores, sino como garantes de derechos, realineando los incentivos de la justicia para servir al ciudadano y no al poder en turno.
Necesitamos un nuevo pacto social. Un acuerdo que vaya más allá de las retóricas partidistas y que busque cohesionar lo que la violencia y la desigualdad han fragmentado. Esta desigualdad (que se manifiesta entre hombres y mujeres, entre el norte y el sur, entre estratos sociales y generaciones) es el caldo de cultivo de la inseguridad. Por ello, la estrategia que proponemos impulsa cambios profundos, desde lo local hasta lo nacional, entendiendo que la paz se siembra en la comunidad y florece en la Federación.
No podemos permitirnos más diagnósticos sin acción, ni más indignación sin compromiso. La seguridad, la justicia y la verdad son derechos inalienables por los que trabajamos incansablemente. No es momento de bajar los brazos ni de aceptar la violencia como un destino fatal e ineludible.
Es hora de exigir, de proponer y de construir. Es hora de entender que la paz no es la simple ausencia de conflicto, sino la presencia viva de la justicia. México merece mirar al futuro con esperanza, no con miedo. La tarea es titánica, pero la voluntad de una ciudadanía libre y consciente es invencible.
Recuperemos la grandeza de nuestra patria. Reconstruyamos el tejido de nuestra sociedad.
Hagamos posible lo que otros dicen que es imposible.
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