La CTC y el Nuevo Sindicalismo Mexicano
La historia de las instituciones no es un simple cúmulo de fechas inertes en el calendario ni un archivo de nostalgias burocráticas; es, ante todo, el testimonio vivo de la voluntad humana enfrentándose a la adversidad para forjar un destino común. Al conmemorar el 47 aniversario de la Confederación de Trabajadores y Campesinos (CTC), no celebramos únicamente la supervivencia de unas siglas, sino la vigencia de un ideal que supo nacer en el crepúsculo de una era para iluminar el amanecer de otra. Porque las organizaciones verdaderas no se construyen con papel y tinta, sino con el coraje de hombres que se atreven a desafiar la inercia del conformismo.
Corría el año de 1978, un tiempo donde las certezas del “desarrollo estabilizador” comenzaban a desmoronarse bajo el peso de una realidad económica asfixiante. México atravesaba un umbral doloroso; entre 1976 y 1977, el crecimiento del Producto Interno Bruto era anémico, la inversión bruta fija se tornaba negativa y el producto per cápita se estancaba, dejando a la nación al borde de un abismo de incertidumbre y desesperanza. Fue en ese escenario de crisis, donde otros solo veían declive, que surgió la visión constructiva.
La fundación de la CTC el 18 de abril de 1978, aunque gestada desde 1977, no fue un accidente, fue una respuesta moral. Tuve el gran honor de participar en la fundación de esta gran organización sindical, al lado de los hermanos Leonel y Abel Domínguez Rivero.
La CTC emergió como el estandarte del “Nuevo Sindicalismo”, un concepto que trascendía la mera lucha reivindicativa para convertirse en una filosofía de unidad nacional. En un país fragmentado, la visión de sus fundadores fue audaz: amalgamar en una sola fuerza la dignidad del campesino, del ejidatario y del trabajador agrícola con el dinamismo del obrero industrial. Era imperativo cerrar la brecha.
Esta organización, nacida en el Estado de México, comprendió que la modernización no podía dejar atrás a quienes labran la tierra ni a quienes mueven los engranajes de la industria. La lucha por la titularidad de los contratos colectivos no fue una batalla por el poder per se, sino una cruzada por la legitimidad y la representación auténtica. Fue una estrategia de crecimiento fundamentada en el servicio real, lejos de la simulación que tanto daño ha hecho a la vida pública de nuestra patria. La expansión a tres cuartas partes del territorio nacional no es casualidad; es la consecuencia lógica de un trabajo bien hecho.
Es imposible disociar la robustez actual de la CTC de la arquitectura moral de sus fundadores. Fue determinante dotar a la organización de un sentido humanista y una brújula ética que ha permitido navegar las turbulentas aguas de las reformas laborales y los cambios de régimen. Su contribución fue establecer que el sindicalismo no debe ser un dique que detenga el progreso, sino un canal de diálogo. Un diálogo firme, sí, pero constructivo, capaz de sentarse a la mesa para aplicar reformas y defender derechos sin sacrificar la estabilidad de la nación. Esa es la esencia de la política de altura: construir acuerdos donde otros solo siembran discordia.
Al celebrar 47 años de vida, la CTC se erige hoy como la última gran confederación obrera nacida en la transición del México moderno. Sin embargo, el aniversario no debe ser una almohada para el descanso, sino un trampolín para la acción futura. Vivimos tiempos donde la demagogia amenaza con erosionar lo construido y donde la apatía ciudadana es el mayor enemigo del progreso.
No basta con recordar el pasado con orgullo. Es nuestro deber, como ciudadanos y trabajadores, retomar ese espíritu de 1978. Debemos rechazar la denostación sistemática y abrazar la propuesta, entender que el bienestar colectivo se construye día a día con una gestión eficiente en salud, educación y seguridad, y sobre todo, con un sindicalismo que no olvide su origen pero que mire, sin miedo, hacia el futuro.
La historia nos juzgará no por lo que heredamos, sino por lo que fuimos capaces de mejorar. La CTC es prueba de que, cuando hay voluntad, no hay crisis que detenga el avance de un pueblo decidido.
Asumamos el reto: construyamos hoy el México que la historia nos reclama.






