La culpa siempre la tiene otro
Hay, al menos, dos maneras de errar al buscar un diagnóstico certero de las causas. Una es no intentarlo; la otra es buscar una explicación donde siempre quedemos exentos de responsabilidad. Ambas posturas adolecen de un tipo de ceguera: una no quiere averiguar, la otra no quiere involucrarse. Es cómodo encontrar culpables, mucho más si son distintos a uno mismo. Resulta lógico buscar causas cada vez que nos encontramos una realidad e intentamos entenderla; de otro modo podría suceder que fuera difícil comprender por qué ocurren las cosas y viviríamos sin tener la capacidad de mover las variables que provocan situaciones indeseables. El problema es cuando rehuimos esa búsqueda para encontrar excusas y no ir al fondo.
En épocas recientes, ha sido frecuente encontrar un culpable omnipresente: Salinas, Calderón o el Chupacabras. Lo relevante en todas estas narrativas radica en su capacidad de desviar la atención del problema, poniendo la responsabilidad en alguien lo suficientemente conocido para que pueda ser identificado como el origen y lo suficientemente distante ideológicamente de quien lo señala, para que pueda eximirnos de la culpa. Como tarde o temprano llega un momento en que no todo puede asignársele al mismo individuo, pues resulta improbable que tenga la capacidad para actuar en tantos frentes, en vez de atender las causas reales, se reincide en lo más simple y se propone un nuevo culpable.
Curiosamente, un posible culpable puede encontrarse en lo que provoca cambio y, por tanto, incertidumbre. Por ello, al valorar la incorporación de nuevas tecnologías, donde las transformaciones provocadas han sido profundas y muy grandes, aparece la oportunidad de asignarle la causalidad de nuestros problemas. ¿Hay un aumento de violencia? Seguramente se debe a la influencia de las redes sociales. El incremento del uso de la fuerza y la impunidad, ¿no tendrán algo que ver? Para quienes evaden su responsabilidad, la respuesta fácil se resume en decir: No, es el internet. ¿Para qué culpar a la descomposición social provocada por la violencia intrafamiliar, el dominio del crimen organizado y un largo etcétera de situaciones que también lo provocan?
Otro escenario perfecto para esta evasión es el sistema educativo. Llevamos años sumergidos en una lamentable situación con la calidad de nuestra educación. Todos los años, durante el periodo escolar, grupos de profesores abandonan las aulas para venir a protestar. No ha sido posible instalar mecanismos de medición para mejorar la preparación y selección de los maestros. La infraestructura escolar está francamente deteriorada. Los resultados en la formación de los estudiantes decrecen y cada vez se detectan más carencias. Pero resulta más cómodo fingir que ahí no está el problema y reducir todo a que la gente no piensa porque vive inmersa en un mundo de imágenes.
Todo esto se entiende mejor si lo reducimos a la escala más básica: cuando nos encontramos con un problema surgido entre dos personas, es frecuente que cada una vea con lucidez las carencias de la contraparte y lo que el otro debería hacer para remediar la situación. No siempre se percibe con la misma claridad lo que sería conveniente realizar para cambiar la propia conducta. No obstante, lo único que realmente podemos modificar es lo que depende de nuestra voluntad y no de la ajena.
Si esta ceguera es destructiva a nivel personal, los diagnósticos que encuentran culpables distintos de quienes tienen el poder para cambiar las cosas son siempre incompletos si no van acompañados de las soluciones que tienen en sus manos para modificar la realidad. Estar al frente de un gobierno tiene sentido si encuentro el vínculo entre el problema y mi capacidad de actuar.
Los problemas se resuelven cuando está en nuestras manos hacerlo. La situación tiene remedio en la medida en que podemos ser protagonistas del destino. De lo contrario, nuestro propio análisis nos condena a la inacción, a ser espectadores o a no encontrar salida al laberinto en el que estamos. ¿Qué pasaría si en vez de buscar culpables enfrentáramos las causas y pusiéramos remedio?






