La educación: entre la ocurrencia y el rezago
Unas semanas antes del Mundial parece que los secretarios de educación cobraron conciencia de su existencia. En una magna reunión aprobaron unánimemente cambiar el calendario escolar. Las reacciones contrarias de padres de familia y profesores no se hicieron esperar y después de moverlo todo, lo dejaron igual. Muchos años antes, un secretario de educación —después convertido en presidente— modificó el calendario escolar con el propósito de elevar el número de días lectivos. Sin embargo, como esa modificación invadía las vacaciones del sindicato, los alumnos son examinados, calificados para que después sigan yendo a la escuela a no se sabe qué. Ir a la escuela sin propósito es ya un daño a la educación. Es triste contemplar cómo la ocurrencia se convierte en motor de la política educativa.
Todos los años, el grupo rijoso de maestros, conocido como la CNTE, desfila por las calles de la Ciudad de México para obtener su anual tajada del presupuesto. Está claro que han encontrado el modo de conseguir su bono anual por dejar a sus alumnos sin clases y desquiciar el ya de por sí caótico tráfico de la gran capital. Por cierto, esos profesores, más avispados que los secretarios, ya amenazaron con recrudecer sus protestas en cuanto empiece el Mundial.
¿No es acaso este otro tipo de mercantilización de la educación?
Los datos disponibles para medir los resultados educativos son los de la OCDE. Sí, un producto netamente neoliberal, pero que arroja una luz sobre cómo se encuentran nuestros niños mexicanos frente a los de otros países. Ocupamos, según los datos, el lugar 51 de 81 países evaluados, el último lugar en titulación universitaria, invertimos 70% menos que el promedio de los países que conforman la OCDE. Esta situación no es nueva, tenemos muchos años con un bajo desempeño y no parece que la Nueva Escuela Mexicana nos disponga a obtener una mejora en nuestra situación.
No es lo mismo enseñar en las grandes ciudades que en los poblados de la sierra. Pero esas diferencias solamente sirven para alimentar el discurso que justifica nuestros malos resultados y no han sido un revulsivo para afrontar con políticas precisas cada una de las diversas realidades que conforman el panorama educativo de nuestro país.
Son muchos los maestros que realizan esfuerzos ingentes por brindar una educación profunda y seria en medio de indecibles carencias. Los obstáculos para despertar el interés por el aprendizaje son mucho más grandes que dar una buena clase. Entre ellos destacan la abrumadora exposición a pantallas, la soledad en la que permanecen muchos menores porque sus padres tardan horas en ir y volver del trabajo, la falta de estructuras para brindar un apoyo adecuado a quienes requieren de más soporte.
Los países se transforman desde la educación. A través de las aulas se puede transmitir una visión esperanzadora sobre el futuro, poner los cimientos para que el aprendizaje sea una condición que alimente el afán de saber, despertar intereses, propiciar lo inédito. Para ello, sin duda hay que motivar a los profesores, entusiasmar a los alumnos, dotar a las escuelas de las herramientas necesarias para poder impartir las clases.
Lo urgente es lograr que el interés de la SEP deje de ser el control de los sindicatos y vuelque su atención en los niños. Cada día perdido en luchas intestinas por lograr un poco más de presupuesto o por tener un mayor peso político va en detrimento del porvenir de muchos niños, que son el único futuro de México. Pocas cosas duelen más que ver esa dilapidación.






