La enseñanza de la filosofía del Derecho en México
de la tecnificación a la crítica
Los estudios jurídicos en México han tomado un rumbo que privilegia la técnica y el mercado por encima de la reflexión crítica. El interés por el inglés y el marketing jurídico ha desplazado las disciplinas con mayor carga teórica y potencial interdisciplinario, como la sociología jurídica, la ciencia política y la filosofía del Derecho. Este viraje revela una subordinación del saber jurídico a la racionalidad instrumental y la lógica empresarial, lo cual debilita la capacidad de las escuelas de Derecho para formar juristas comprometidos con la justicia.
La filosofía jurídica ha perdido espacio en los planes de estudio. Aunque existen asignaturas optativas, las materias obligatorias se reducen y con ello la posibilidad de una formación alternativa. El problema no es sólo cuantitativo, sino cualitativo: la filosofía del Derecho se confunde con teoría jurídica convencional, centrada en la lógica, la argumentación y los derechos humanos. Esta reducción impide abordar las dimensiones ontológicas, epistemológicas, éticas y estéticas del fenómeno jurídico, tan necesarias para comprenderlo en toda su complejidad.
La ética se presenta como moralina o ideología profesional, sin capacidad crítica. La justicia se reduce a un cliché o a la fidelidad a la legalidad burguesa y sus principios. La epistemología se trivializa en un repaso superficial de posturas, sin compromiso con la verdad ni con la crítica interdisciplinaria. La ontología queda relegada ante el cientificismo y el procedimentalismo, bajo la idea de que lo importante es usar el Derecho y facturar, no preguntarse por lo que el Derecho es y menos por lo que puede ser. En este contexto, el Derecho se concibe como un sistema cerrado de normas, ajeno a la sociedad, no digamos ya a la justicia.
El discurso filosófico predominante en las escuelas de Derecho es además importado. Se privilegia la obra de autores europeos y anglosajones, mientras se ignora el pensamiento jurídico mexicano y sus tradiciones. Esta dependencia intelectual refuerza la colonialidad del saber jurídico y limita la posibilidad de construir una filosofía mexicana del Derecho, situada en nuestras circunstancias sociales y políticas, y que responda a ellas. La consecuencia es un horizonte académico que reproduce modelos ajenos y margina la producción nacional. Frente a ello, resulta indispensable reconocer que el pensamiento jurídico mexicano tiene una identidad y contenidos propios, que le permiten dialogar con el pensamiento universal sin perder su carácter situado y crítico.
El Derecho pertenece más a las humanidades que a las ciencias. Los modelos de justicia abstracta fracasan en sociedades multiculturales atravesadas por contradicciones de clase y género. Lo que se requiere es una justicia sustantiva, situada y comprometida socialmente. La tecnificación del Derecho, lejos de garantizar justicia, produce operadores jurídicos eficientes pero carentes de formación ética y crítica. Frente al perfil del juez técnico formalista, México necesita juristas capaces de pensar interdisciplinariamente y de asumir la justicia como problema filosófico de orden práctico: ético y político. La formación jurídica debe recuperar su vínculo con la historia, la cultura y la sociedad, pues sólo así puede responder a las necesidades colectivas.
La contradicción es clara: se busca una justicia distinta, pero se insiste en su tecnificación. Se proclama un discurso crítico en la academia, mientras en la práctica se reproduce un modelo instrumental que privilegia la operatividad sobre la ética. Esta incoherencia impide que el Derecho se convierta en un medio de transformación y lo mantiene como obstáculo al cambio social. La solución pasa por incorporar en los planes de estudio, por ejemplo, el positivismo jurídico de combate y el uso alternativo del Derecho, como vías para articular la técnica con la emancipación. La enseñanza jurídica debe orientarse hacia la formación de operadores capaces de cuestionar la estructura misma del Derecho y de utilizarlo como herramienta de justicia social.
Si la filosofía del Derecho se reduce a teoría jurídica convencional, si la ética y la epistemología se banalizan, si la ontología se ignora y si el discurso filosófico se importa sin atender a la realidad mexicana, entonces, la formación jurídica se convierte en un ejercicio superficial y trivial. Para revertir esta situación es indispensable recuperar la filosofía mexicana del Derecho, fortalecer las disciplinas críticas e interdisciplinarias y formar operadores jurídicos con compromiso ético y social. Sólo así el Derecho dejará de entenderse como un sistema cerrado de normas para convertirse en un instrumento de justicia sustantiva con fines emancipatorios.










