La fórmula secreta para ser mexicano
Sabemos muchas cosas sobre México: que es futbolero, barroco, abundante en calidad gastronómica y artística, surrealista, entre muchas otras. Esta breve lista no es exhaustiva. Con todo, podemos preguntarnos: ¿hasta qué punto una característica deja de ser propia de México? Dicho de otro modo, ¿por qué no podemos adscribirle a México la característica de ser pragmático, como los estadounidenses? Y si podemos, ¿en virtud de qué es propia esa característica (y las demás)? Lo que está en cuestión aquí es la pregunta fundamental: ¿qué es el mexicano? o, más precisamente, ¿qué es México? En una palabra: ¿quiénes somos?
La pregunta por la identidad mexicana es recurrente desde la Nueva España. Por lo general, la respuesta suele ser trivial: aquella persona nacida en México. Sin embargo, la identidad mexicana va más allá de la mera pertenencia geográfica o ciudadana. Es una preocupación por quiénes somos y qué significa cuando decimos que algo es mexicano (como un equipo de fútbol mexicano, una ciencia mexicana, un espíritu mexicano). Si no sabemos qué es México, no podemos saber qué somos nosotros, los mexicanos.
El problema de la identidad nacional no es exclusivo de México; prácticamente todas las naciones lo tienen. Hay diversas maneras de responderlo. Los estadounidenses, por ejemplo, recurren a las artes, con la llamada “gran novela americana”. En México, en cambio, se aborda principalmente desde la filosofía. La importancia es tal que, de no contestarla, no habría estrictamente hablando una filosofía mexicana.
Como sugiere Virginia Aspe Armella, mientras no respondamos esta pregunta, no habrá filosofía mexicana. Esta filósofa, junto con otros intelectuales, polemiza la temática a partir de una tradición criolla, enraizada en la Nueva España.
El primer gran pensador en decir “Yo soy mexicano” fue Carlos Sigüenza y Góngora, un criollo. A diferencia de la opinión popular que sostiene que lo fundamental del mexicano es el mestizaje, el criollismo caracteriza al mexicano desde el siglo XVII y permea hasta el XX. José Vasconcelos tituló su autobiografía Ulises criollo, mostrando el dualismo entre el nómada que busca sus raíces y el criollo en incertidumbre. El criollo no es propiamente español, pero tampoco indígena ni mestizo. Es un viaje épico por Nepantla, un estado de estar y no estar, de ser y no ser.
Edmundo O’Gorman, en Meditaciones sobre el criollismo, expone que el criollo encarna la idea del ser de la Nueva España y su historia. El criollismo contiene el germen de la aniquilación de la Nueva España y abre paso a México. Lo mexicano no es solo un fenómeno cultural, sino una esencialidad que prefiguraba antes de nombrarse como tal.
El estado de Nepantla aparece en la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo, donde Comala sugiere la incertidumbre entre lo vivo y lo muerto, el pasado y el presente. Es un umbral ontológico que produce lo que Emilio Uranga llama zozobra, una angustia respecto a la identidad. La única cura es salir de Nepantla, recuperar la certeza o construir un tercer estado. Esta vía existencialista recuerda el lema de Sartre: la existencia precede a la esencia. El mexicano se construye a sí mismo, no espera que otra nación lo constituya.
La identidad mexicana ha transmutado con los años. Ya no solo se ve afectada por lo español, sino también por lo estadounidense. En la película La fórmula secreta de Rubén Gámez, se problematiza la pérdida de identidad mexicana por la influencia del nuevo imperio. Escenas surrealistas —una transfusión de Coca Cola, un hot dog cósmico, el malinchismo, un godín huyendo de un charro, la arquitectura barroca— producen un vértigo existencial: el olvido de quiénes somos.
De este modo, lo que resulta de la obra de Gámez es “un cine realmente mexicano, el mexicano de Rulfo”, una expresión neobarroca que caracteriza profundamente a México y nos permite vislumbrar qué es México.






