La incongruencia del régimen: el Estado contra la sociedad
La política, en su acepción más noble y elevada, no es el simple ejercicio de la autoridad sobre los súbditos, sino el diálogo constante, fértil y a veces ríspido entre quienes ostentan el mandato temporal y la ciudadanía que, con esperanza y exigencia, les ha conferido el poder. Sin embargo, vemos hoy un espectáculo desolador, una metamorfosis perversa donde aquellos que ayer se presentaron como los dueños de las plazas públicas, los salvadores del pueblo y los organizadores de la lucha social, hoy, desde la comodidad de Palacio Nacional y la embriaguez del presupuesto, han decidido declarar la guerra a la misma sociedad que juraron proteger.
La llegada de Claudia Sheinbaum a la titularidad del Ejecutivo no ha significado, como muchos ingenuamente esperaban, una apertura al diálogo o una moderación de las pasiones polarizantes; al contrario, ha representado la sistematización institucional del desprecio.
Con una retórica afilada y carente de la más mínima empatía democrática, la Presidenta ha optado por estigmatizar cualquier voz disidente (ya sea de padres buscando medicinas, de jóvenes exigiendo futuro o de periodistas ejerciendo la crítica) bajo el manto de la conspiración y la ilegitimidad.
Para la nueva administración, la sociedad civil organizada ya no es un interlocutor válido y pretenden manipular la percepción pública haciendo creer que es un "instrumento de la oposición", un ente "inorgánico" manipulado por oscuros intereses internacionales. Es alarmante observar cómo, ante la legítima manifestación de la "Generación Z" el pasado 15 de noviembre, la respuesta oficial no fue la escucha, sino la negación de su esencia juvenil, la invención de complots extranjeros y la justificación de una represión policial que dejó un saldo doloroso de heridos y detenidos.
No buscan gobernar para todos. Buscan anular a quien piensa distinto.
Al calificar a los medios críticos como "irrelevantes" y amenazar veladamente con la asfixia económica a través de los anunciantes, el régimen confiesa su debilidad: no tolera el espejo que refleja sus fallas. La dicotomía es clara y brutal: o se es un medio "alternativo" y sumiso, o se es un enemigo del pueblo.
Lo más indignante de esta deriva autoritaria no es solo el ataque presente, sino el olvido selectivo del pasado inmediato. La incongruencia es el sello de la casa. Resulta un insulto a la inteligencia colectiva que quienes hoy gobiernan y ordenan barricadas contra estudiantes sean los mismos que ayer paralizaron la capital del país bajo la bandera de la "resistencia civil pacífica".
Es imperativo recordar, con un propósito de verdad histórica, que este régimen nació de la protesta disruptiva.
Fueron ellos quienes, en 2006, tomaron el Paseo de la Reforma durante 47 días, asfixiando la economía de miles de familias y cerrando cientos de negocios en nombre de su causa política. Fueron ellos quienes organizaron el "Éxodo por la Democracia" y la "Caravana por la Democracia". Ellos, que hicieron del bloqueo y la marcha su modus vivendi y su escalera al poder, hoy se atreven a llamar "provocadores" a quienes simplemente piden ser escuchados.
Cuando ellos marchaban, era democracia; cuando la sociedad marcha hoy, es golpismo. Cuando ellos bloqueaban pozos petroleros y avenidas, era justicia social; cuando los ciudadanos protestan hoy, es manipulación de "la derecha". Esta doble moral no es un simple desliz retórico, es la evidencia de una traición profunda a los principios democráticos. Han pasado de ser los rebeldes que desafiaban al sistema a convertirse en los inquisidores que lo blindan contra la ciudadanía.
Esta actitud beligerante del régimen revela una verdad incómoda: el miedo a la sociedad civil libre.
Un gobierno seguro de sus resultados no necesita inventar conspiraciones internacionales ni descalificar a los jóvenes que salen a las calles. Un régimen con legitimidad moral no requiere criminalizar la protesta ni tachar de "misóginos y antisemitas" a quienes critican sus políticas.
Al atacar a la sociedad por organizarse, el régimen admite que su objetivo no es el bienestar común, sino el control total. Han olvidado que la legitimidad no se gana en las urnas una sola vez y para siempre, sino que se refrenda día a día en el respeto a la pluralidad y en la capacidad de construir acuerdos con quienes piensan diferente.
No podemos permitir que se normalice la mentira oficial que busca reescribir la historia para convertir a las víctimas en victimarios. No debemos aceptar que se nos arrebate el derecho a disentir, a marchar y a exigir cuentas, derechos que paradójicamente ellos ejercieron hasta el cansancio para llegar a donde están.
La sociedad mexicana es más grande que cualquier gobierno y más fuerte que cualquier intento de represión retórica o física. Es momento de recordarles que el poder emana del pueblo y que el Estado está para servir, no para someter. La incongruencia del régimen debe ser el combustible de nuestra participación cívica.
Organizarnos es nuestro derecho; alzar la voz es nuestro deber; rescatar la verdad es nuestra misión.
¡Actuemos hoy, antes de que el silencio sea obligatorio! ¡Súmate!






